El juicio de John

Recuperar la relación con las plantas maestra

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El juicio de John
I
El día en que los puritanos, a falta de un buen psicoanalista, simpatizaron con la común demencia eclesiástica y los defectuosos brotes del poder de los gobernantes, apoyaron la ley del profeta y se acercaron al oído del Santo John para decirle:

-Ve, bendito, a las Montañas Rocosas y pide al señor una sentencia para los endemoniados.

Los endemoniados eran muchas veces guerreros psíquicos, indios shamanes, médicos brujos, sabios conocedores de la conciencia y del más allá. Pero esta vez resultaron ser tres extraños personajes venidos del balneario “Celestito”, tres hombres de la costa atlántica.

Uno que había sido marinero hospedaba a Satán en compulsivos tragos de bebida destilada, entonces éste se adueñaba de su cuerpo y alma, y el pobre fetiche caía en los aterradores delirios del alcohol etílico.

El segundo lo incorporaba por la nariz, en un fino polvo similar a la sal; le tomaba entonces el “maldito” produciéndole gran excitación y energías.

El acto de darle entrada al traidor de esa forma tan abominable le causaba, al infeliz, gran placer. Bajo su tutela funcionaba un club nocturno a orillas del Mar Caracolado: el Tibia Palmera, un centro de corrupción a los ojos del Altísimo.

Finalmente el tercer poseído, un profesor de filosofía que usaba sus entelequias para servicio de la idolatría, llevaba a cabo la más cínica de todas las formas de asimilación ¡Hacía arder la planta en el propio averno! Luego aspiraba aquel fétido aliento para volverse loco y no acatar los preceptos divinos del creador. Una blasfemia con todas sus letras.

Partió el juez profeta hacia la cima y envejeció dos años para ir y tres para volver por lo que, tras dos años de místico retiro en el gran monte, regresó siete años más viejo y siete pasos más cerca del dios todopoderoso. Cuando el Santo John bajó del gran monte que hoy lleva su nombre ya había sido tocado por la mano de dios y su mente estaba clara.

-Habrá juicio en la plaza –cantaron los pregoneros –habrán hogueras y cuerpos pendiendo del cuello.

No sólo las divinidades aztecas pedían sangre humana, no sólo los griegos y romanos clamaban tragedia, también el dios cristiano exigía su porción cabal de absurdidad. Los acusados serían juzgados en la mañana del día siguiente y, de ser culpables, ejecutados en la misma tarde.

Al anochecer, la mazmorra era un segundo purgatorio, en vísperas del ocaso, de la condena y del cruel rechazo de sus pares; pero por otra parte no era más que la inevitable consecuencia de aquella regresión mental implementada por el doctor Böhuer en la clínica de marras…
-Moriremos mañana -comenta el fumador de hierba –ni siquiera me han permitido una llamada…
-Qué me importa –lo interrumpió el borracho sacudido por un incontenible temblor. Hacía tiempo que moría de sed ¿Qué había sido de su botella? -¿A quién le importamos?
-Me negaré a subir al estrado –anunció el superdotado del olfato –que no me vengan a mí con idioteces religiosas ¡Por favor!

Media hora después fueron notificados de que no dispondrían de abogado por lo que debían ponerse de acuerdo entre ellos mismos para organizar la defensa.

-Están del mismo lado, deben defenderse como hermanos, sólo así, unidos, ofrecerán resistencia –se escuchó entre las tinieblas. Era una voz suave, melodiosa, aunque algo tétrica. Era una voz sobrenatural y la que hablaba, era una anciana bellísima que decía haber adquirido esa elocuencia luego de consumir el alma de sus tres amantes hacía más de cincuenta años.

-Yo asumiré tu defensa –dijo, solemnemente, el marihuanero al bebedor de vino.

-Yo te ayudo a ti entonces, hermano -respondió éste -Ah, ah, ah, vamos en el mismo barco, brindaremos por eso, capitán –Por un momento tuvo le sensación de llamarse John Wilbert aunque no le importó demasiado.

-No te dejaremos solo, vamos a organizar una defensa grupal… –empezó el filósofo acercándose al otro que aun conservaba un billete enrollado entre sus talismanes.

-¡No! –se espantó el de nariz golosa -yo me defiendo solo. Voy a cantarles las cuarenta a esos desposeídos mentales.

Antes de que los reclusos se pusieran a pelear como niños pequeños, intervino la anciana homicida, desde la otra celda y muy oportunamente. Una vez los hubo aplacado llamó al carcelero.

-Julián, ven acá, acércate –sacó de entre sus ropas de seda un grueso manojo de billetes púrpuras y un sendo puñado de monedas del más noble oro y dijo –tráeme antes de la media noche esa cantidad de dinero en tres partes: usa una de ellas para comprar el más exquisito y potente de los licores árabes, aromático y ardiente, añejado y dulzón.
Con otra de las partes consigue el más puro de los hachís de oriente, perfumado con ámbar e incienso, llena mis alforjas con este manjar. Por último, vacía el agua de tu cántaro, ve hasta la casa del Dr. Böhuer y dile que te colme el recipiente con la asombrosa blancura de piedra, esa que permite ver en la oscuridad y no ser castigado por el hambre y la fatiga.

Salió Julián con ese recado cargando aquel tesoro y no alcanzó a cruzar la primera puerta cuando el melodioso susurro de la vieja le detuvo.

-Ah, Julián, recuerda sacar antes tus cuarenta dineros y si hay buen opio tráeme una cantidad suficiente. Me ayuda a pasar el tiempo.

-¿Cuánto le dieron? –preguntó el dueño del Tibia Palmera.

-Tres cadenas perpetuas –le dijo la dama.

-¿Qué quiere decir eso? ¿Tres reencarnaciones? –se interesó el amigo del cáñamo, evocando mentalmente al sabio Pitágoras de Samos.

-Que no sale ni por orden de dios –gritó irrespetuosamente el ebrio mezclando la última sílaba con un estruendoso eructo que traía una grosera demanda de alcohol y tal vez una súplica de beduino abstemio.

Desde la sombra, la mujer los contempló maternalmente, se pasaba un perfume delicioso por la piel y los hombres recordaron que estaban cerca de una mujer.

-¿Por qué agredir a la mujer siendo ésta tan piadosa? -Era el carcelero que llegaba y empezaba a descargar los paquetes de su mula negra.

Encandilados al principio no distinguían nada, poco después lo vieron dejando los bultos cerca de la puerta para luego franquear la entrada a la divina anciana de corazón negro.

Por primera vez en muchos años se encendieron luces en la prisión, excavada en la roca granítica, inexpugnable. Poco después la anciana ingresó a la celda de los endemoniados toda cargada de regalos y ataviada como una misteriosa hechicera. Los reos apenas podían creerlo.

Un tonel del citado licor fue puesto al servicio del beodo, su jarra se abastecía con facilidad del grifo del barril ubicado en la parte baja. De él brotaba un alcohol purísimo, tan hábilmente destilado que se evaporaba a gran velocidad.

Un fuego endulzado con esencias de pinos y azafrán, miel, tomillo y cáscaras de avellanas con jengibre, todo ello añejado por mil años en las bodegas de Constantino y quizá de antes, cuando el califa custodiaba el secreto de la destilación, secreto, por cierto, aun bien escondido del saber pagano.

Aparentemente los reclusos habían sido llevados al “pabellón inolvidable”, un “corredor de espera” donde se lleva a los condenados a muerte, tales eran las esperanzas para esta pobre gente. Sin embargo la dama de voz de aceite pretendía hacerles ciertamente inolvidable aquella noche subterránea.

-¡Toma tú el cántaro, tómalo que no lo puedo sostener sola! –apremió la anciana enfundada en una etérea túnica de lino. Al sacar la tapa nadie podía dar crédito a sus ojos.

De una finura solo alcanzada en la despensa farmacológica del Olimpo el clorhidrato de cocaína refulgía níveo como la espuma del mar. El homenajeado sintió mojarse su fosa derecha, su mano ávida extrajo el billete, una navaja para picar, un pequeño utensilio para pisar y hasta una espátula minúscula que usaba para peinar la forma corpórea del alcaloide.

-Tú, hazte cargo de esto –le dijo entonces al otro que había quedado anonadado viendo a uno entre embriagantes vapores de alcohol y al otro, febril, devorando largos camellones blancos –Finalmente reaccionó y tomó, escéptico, el pesado morral que la mujer le alcanzaba, vació el zurrón y sólidos ladrillos de beng, fantásticos, saturados de un THC marrón chocolate y resinoso, quedaron esparcidos por el suelo dejando escapar su grato aroma suavizado con mirra y anís. Era una obra de arte.

-Lo han purificado en las orillas del Ganges, guarda en su seno la sabiduría de los venerables profetas de Oriente –susurró la anciana al tiempo que sus delgados dedos se introducían en la mano de él –usa esta modesta pipa de hueso, se dice que Atahualpa la hizo tallar por un hijo del sol.

El fuego de la tea empezó a arrojar sombras fantásticas, policromáticas, sugerentes, empalagosas, ausentes, miedosas, divinas…La estilizada figura de la mujer se tornó salvaje y su larga melena se tiñó de rojos y naranjas, y bendito el “pabellón inolvidable” porque en él se vivía más fuerte, el día anterior al juicio final.

II

-¿No recuerda más? –le preguntó el Dr. Bóhuer.

-Ahí fue cuando salí del trance –replicó el paciente -me despertó el teléfono ¿lo escuchó Ud.? –Siempre, el enfermo, se dedica a involucrar al sano en su mundo de espejismos, pensó el psiquiatra. El débil mental, ni siquiera es conciente de ello, está abocado ab origine a enloquecer al prójimo y hacer de un caso aislado de locura una epidemia incontrolable.

-¿Reconoce a la señora o alguno de los otros? –preguntó el médico.

-No, solo aparecen en mis delirios.

-¿Qué siente?

-¿Cómo? ¿Que qué siento? ¿Qué siento ante qué?

-Con relación a lo que está pasando, por supuesto

-Siento ganas de tomar un trago.

El vicioso se estremeció de nuevo. Abajo, en el lado derecho, un puñal inmaterial le traspasaba el cuerpo, cirrosis, úlcera, presión alta, todas las virutas que va dejando ese taladro químico cuya receta, robada a los dioses inmortales luego de una inimaginable orgía mítica, promiscua, zoofílica e incestuosa, quedó guardada en la biblioteca del voluble corazón humano, tan propenso a la muerte y afecto a las tentaciones.

-¿Aun le molestan las pesadillas?

-No, no he dormido, últimamente.

-El que sufre de insomnio está reclamando algo –le explicó el psiquiatra –es como una huelga de hambre, una protesta del espíritu a la parte conciente. La mente se niega a descansar.

-¿A qué responde ésta? ¿Mi guerra civil? –reflexionó el paciente.

-Se castiga Ud. a sí mismo –acertó a decir Böhuer – Se auto-inflige esa multa ¿Qué pecado tiene tanto interés en purgar Sr. Wilbert?

El paciente debió pedirle al especialista que volviera a hipnotizarlo porque no podía conformarse ignorando el desenlace de aquella reminiscente circunstancia judicial. Sentía una molesta sensación de miedo y quería dilucidarla…

-Puede que la propia regresión sea ficticia, que no exista fuera de estas cuatro paredes –dijo una de esas tardes el Dr. Böhuer –puede que jamás viviera Ud. semejantes recuerdos.

Cabía preguntarse entonces otra interrogante ¿De quién serían tales remembranzas? ¿Y por qué el paciente las estaba “recordando”? Pero ninguno de los dos, paciente o terapeuta, alcanzó a preguntarse nada de eso ya que el cristal de la ventana estalló y la pelota de los chicos Bóhuer entró abruptamente desde lo alto.

Finalmente el balón rodó para posarse junto a la lámpara griega.
-Elisa, por favor –vociferó el galeno -…sepa disculpar Sr. Wilbert…¡Lleva a los niños al club! ¡Odio que usen el patio para eso! ¡Dios santo, la escultura micénica!

El hecho retrasó el proceso y la regresión no pudo lograrse hasta el día siguiente; a fuerza de fármacos, péndulos, música e hiperventilación, el médico pudo llevarlo al momento del juicio. Era como saltar dentro de una pantalla gigante.

III

La plaza estaba atestada de gente. Los inquisidores rodeaban el palco donde los tres reos habían sido exhibidos desde la primera luz del día.

Semidesnudos y despeinados, con la barba crecida, los endemoniados permanecían atados a sendos postes que, clavados en tierra, se doblaban ante una enorme cruz de piedra.

Sobre unos de sus brazos un monje trapense oraba con voz grave en latín, sobre el otro, con la soberbia capucha azabache cubriéndole el rostro, el verdugo contemplaba.

-¡Desatadlos! –ordenó el Santo varón, juez de los hombres e intermediario entre el cielo y el infierno –se abre la sesión.

El proceso prometía ser rápido, las horcas estaban ya preparadas y la leña seca se amontonaba bajo el patíbulo. Los poseídos aun permanecían en profundo sueño viajando entre las visiones inducidas por el malvado y sus ungüentos. Placeres muchas veces dignos de reclamar el alma.

-Despierten a estos impíos –clamó el ministro.

El agua helada y el impacto de algunos guijarros lanzados desde la multitud los trajo cruelmente al mundo de todos los días. Los ojos embotados, las bocas secas y el espíritu pleno de sueños paradisíacos, los malditos, cayeron a tierra incapaces de sostenerse en pie.

Cuando al fin, sujetos por los guardias de la corte, lograron mantener el equilibrio; el santo John apuntó con su dedo al primer acusado: el borracho, aun mareado por el licor del que no había dejado una sola gota para la posteridad.

-¿Quién será el que hable en tu nombre, almirante?

-Yo defenderé a este hombre –dijo el profesor escrutando a los inquisidores uno a uno –develaré la diabólica conspiración que “el horrendo” ha tramado contra este inocente haciéndolo sentir culpable ante vos, piadoso Inquisidor.

-¿Inocente? –se burló uno de los acusadores –¿Este impío que ha cruzado mares sólo para arrastrar la semilla de mal? ¿Este esclavo de Satanás que, ingiriendo pócimas fermentadas se entrega a desenfrenados espasmos y ofende al Padre Celestial con sus abominaciones?¿Merece acaso respirar el aire con que el Señor nutre a sus hijos, a sus fieles servidores?

-Amén –El bramido vino desde el fondo. Todos se dieron vuelta –Ha, ha, ha, he, he, hei, hiii hi –el segundo endemoniado se retorcía de risa.

Era ahora el más despierto de los despiertos, el más duro de los duros, el que había aspirado le Mont Blanc hasta la raíz de sus pulmones. No había estado dormido, parece que había quedado colgado en un prolongado descanso cardiovascular y ahora estaba en la cumbre eufórica del trance.

Su risa era espasmódica, pornográfica y pitagórica, sobre todo pitagórica. Por eso el profesor hizo una abstracción del teorema y del futuro próximo del pobre insensato, acertando a imaginarlo ya sin vida.

Repentinamente el bufón se detuvo, sacó un resto de coca de sus profundos bolsillos y aspiró tan fuerte que hasta las llamas de las teas se torcieron.

-¡Mírenlo! ¡Le está rindiendo culto al malvado! Las llamas se inclinan –rugió la fiscalía a coro. Era un cortejo de ángeles negros, uñas encarnadas en la Santa Iglesia y mano, ágil para robar, dura para matar, débil para defender a los humildes, invisible para secuestrar y provocar terror; el guante oscuro del dios noble, le llamaba la gente

-¡Matadlo! –rugió uno de los sacerdotes. No hacía falta más que esa palabra. Un abanico de arqueros se abrió desde el centro de la plaza. Eran expertos en la caza y en el arte de la guerra.

-Que dios lo perdone –gimió una beata entre el gentío -¡No alcanzará a oír su sentencia!.

La primera flecha falló porque el infortunado se movía sin parar, saltaba o caía al suelo, corría como un loco, trepaba a la cruz, forcejeaba con el verdugo para quitarle la capucha, ensayaba una súplica mofándose del clero y reía.

Llevaba a cabo esta pantomima cuando una lluvia de saetas envenenadas cruzó el espacio, era una muerte segura. Los otros dos cautivos cerraron los ojos.

No querían ser testigos del trágico final del bohemio. Escucharon el golpe seco del cuerpo al caer, las tablas de la plataforma se quejaron.
Estuvieron mirando sus restos en silencio.

No dejaba de ser un milagro que de todas las flechas soltadas tan sólo una le rasgase la piel; pero seguía resultando injusto que esa mínima herida lo bajara al abismo. El Tibio Palmera no volvería a funcionar.

IV

-¿Así que lo matan al cocainómano? –comenta el Dr. Böhuer -Parecía agresivo ¿no?

-Tras una de esas sobredosis cualquiera se pone nervioso –arguyó el paciente.

-¿Lo está justificando? –escudriñó el otro mirándolo dentro de los ojos.

-No lo trataron como a un ser humano, ni siquiera lo juzgaron. Veían al diablo en ese pobre tipo. Fui testigo de cómo mataban a un hombre y el viejo satán, más sano que nunca, reía desde las almas de los propios jueces.

-¿Por qué no hizo algo, entonces? Estaba Ud. allí, si no me equivoco.

-Todo ocurría demasiado rápido. Además había extraviado el celular y …

-Descansaremos por hoy Sr. …Wilbert.

-John Wilbert.

-¿John? ¿No se llama así el profeta de sus visiones?

-Muchos nos llamamos John –replicó el paciente ajustándose la corbata –Ah, no me parecen visiones, es como un sueño muy vívido.

V

El juicio se interrumpió por un par de horas. Querían enfriar el muerto. Para muchos el espectáculo había concluido. Otros, en cambio, persistían; no olvidaban que aun quedaban dos infelices por colgar.

Unos caballeros armados los ataron nuevamente en los postes oblicuos pero ahora bajo el rayo del sol; las heridas ardían, no se escuchaba música y un halcón chilló con insistencia. Mal agüero.

La plaza quedó casi desierta. Salvo algunos que prefirieron quedarse para escupirlos, la mayoría juzgó adecuado retirarse a dormir la siesta a la sombra de sus tiendas o en las alamedas.

Herido en el rostro, por un tiro de honda, al profesor le sangraba profusamente un corte encima del ojo. Tenía también otros golpes causados por el mismo grupo que había estado haciendo puntería con ellos y el sol le había dejado cegado casi por completo.

Gracias a Dios estaba uno tan ebrio y el otro tan ausente que la tortura perdía rigor.

-Reza tu evangelio –sugirió el filósofo.

-Yo no creo en nada.

-Nihilismo… –balbució el otro.

-Anarquismo, quizá, no tiene importancia.

De improviso se levantó un soplo misericordioso desde el sur. El movimiento de aires menguó el ardor de la brasa astral y los endemoniados mojaron sus bocas en las frescas aguas caídas del cielo.

-¿Sientes…? –masculló el estudioso. Entre el aguacero se sentía una respiración suave y un perfume fragante que se mezclaba con la lluvia.

-Sí –reconoció el viajante –es ella… gracias señora…
Cuando doblaron las campanas para invitar al seguimiento del proceso, ya había gente en la plaza reservando cobijo bajo los escasos árboles de la explanada.

El espectáculo siempre valía la pena, aunque estuviera lloviendo. Dos guardias alzaron el cadáver de aquel rebelde contemporáneo, inhalador de las formas sintéticas de la Pacha Mama, mártir de la teocrática inmadurez gubernamental de los adultos.

-Ícenlo como una bandera –ordenó el Santo –¡Escarmienten, los de voluntad blanda!

Lo pusieron en el lugar más alto, colgando de los pies, para mostrarlo.

Lo exponían ante todas las miradas para satisfacer la morbo popular y, de paso, para que sirviera de advertencia a los posibles descarriados. Una ovación se adueñó del gentío.

Cuando la ola de excitación hubo menguado se restableció el orden. Los inquisidores volvieron a sus asientos, los devotos a sus mudos rezos y el santo John exigió silencio a los murmuradores.

-Así que defensas cruzadas…-exclamó perplejo el juez -es extraño ver a dos herejes cooperando entre sí. Pues bien, que así sea entonces, continuemos con el caso del primer poseído, el entregado a la bebida.

-No es más esclavo que cualquiera de nosotros, señor –intercedió el otro con la voz quebrada -¿No somos todos los hombres adictos, a la vida, al deseo y al amor?

-Este necio ha perdido el control de sus actos –replicó el magistrado.

-¿Quién si no el Altísimo dispone de nuestra voluntad? -Evadió, el filósofo –mi defendido tiene ya el perdón de Dios.

-¿Qué dice? –se inquietó el Santo -¿Cómo puede Ud. saberlo?

-Yo puedo ignorar, pero ¿Hay algo que no sepa el Todopoderoso? Ningún pecado ha escapado a los ojos del Inmenso, ningún delito es nuevo para Él porque conoce cada instante del tiempo, cada suceso, los que se han llevado a cabo y los que se perpetrarán en el futuro.

-Es verdad –admitió el monje –el Padre es omnipotente, pero eso no libera de la culpa al reo.

-Puede que los médicos árabes estén equivocados al hablar de los beneficios del alcohol, del opio y el cáñamo, pero dios…que creó la semilla, le dio agua, tierra y hasta el estiércol de los animales. ¡Dios no puede equivocarse tanto!

-Las piedras también las creó el Padre, profesor ¿Come Ud. piedras por eso? –inquirió el prudente John.

-No las como, las fumo, Santidad –prosiguió el de la pipa con desparpajo -y este intrépido navegante las bebe derretidas, como la sangre de Cristo, las absorbe como a la propia existencia, trago a trago
¿Nunca se aferró a una barrica hasta perder la Biblia entre sollozos?

Claro que el Santo había empapado con el jugo de la uva su pasado.

Con ese negro tinte había logrado olvidar el pecado de sus hijos, la vergonzosa muerte de su padre y la sucia relación de su madre con ese mercader egipcio. Nada era tan amargo como el pan después de haber amado ni tan dulce como el vino después de haber sido abandonado.

-El vino alegra el corazón del hombre –citó, el divino John, un pasaje de las propias escrituras.

Viendo despertar, en el Santo, la sublime misericordia, el más villano de los inquisidores se adelantó a los otros y, enfrentando al profeta, lo increpó:

-¡Santidad, no debe hacerlo! No, Ud. el mas diáfano entre los vivientes ¿Indultarlos a ambos? ¡Imposible! No en un momento como este. Estamos siendo fustigados por la corona y predomina una inestabilidad alarmante en toda Europa. La iglesia se está desmoronando debido, en primer lugar, a la excesiva retórica de nuestros adversarios y también a la debilidad de nuestros superiores –añadió este último comentario lleno de rencor y amenaza.

-Es cierto -se sumó un pastor que cumplía una suplencia en el sueño de Wilbert –la ira de dios debe dejarse ver. Condenad al más listo, liberad al ebrio.

-¡Callad insensatos! –mandó el profeta –este hombre ha salvado a su hermano. Su alegato nos ha dejado una lección de humildad a la hora de juzgar y castigar. Pueden liberar al primero. Veremos ahora si el absuelto salva a su salvador.

Todos dirigieron la mirada hacia el improvisado y distraído defensor del último endemoniado: El bebedor.

Se escucharon como en el fondo de un pozo los ecos de los acusadores. El pliego de supuestos delitos, de supuestas inmoralidades, de tributos impagos. La acusación…

-¡Hable la defensa! –rugió el ministro –alarmado por la inoperancia del alcohólico que seguía los movimientos de los otros, con los ojos idos, sin decir una palabra. El resto estaba expectante.

-¡Qué día más cabrón! –pensó el borracho –espero que no sea más que un mal sueño y que falte poco para despertar. Todos callaban esperando la intervención del marinero pero el indultado se quedó definitivamente mudo.

VI

-No lo defendió ¿Verdad?

-No me dieron tiempo.

-¿No le parece que su tiempo es más lento que el del resto del mundo? –lo acorraló Böhuer.

-Estaba demasiado bebido –se defendió el paciente.

-¿Alguna vez no lo está?

-¿Quiere llevarme a juicio otra vez? –estalló el Sr.Wilbert.

Pero el terapeuta sabía que su mejor cliente seguiría enfermo. Sólo el tabaco se había liberado tanto como el alcohol en la sociedad moderna. Eso no dejaba alternativas. Era la falta de otras drogas liberadas lo que lo hacía potencialmente mortal.

-¿Y si se liberan? ¿Si legalizan? ¿Si se llena el mercado de una ensalada de psicoactivos de todo tipo? ¿Se sentiría Ud. mejor?

-Tal vez -balbució Wilber quedamente ¿Se irían las pesadillas entonces?

-¿Qué le dijo el profesor mientras lo subían al cadalso?
-Nada, no hablamos. Tan sólo me miraba… esperaba mi alegato, su defensa dependía de mí…

Hubo un silencio demasiado largo. Por fin el Dr. se atrevió a decir.

-¿Ha estado en alta mar?

-Nunca, le tengo miedo al agua -inexplicablemente ese temor también le fascinaba pero eso no se lo iba a decir al Dr. Böhuer.

VII

Nadie quiso saber de la vida del borracho. Se perdió en un oscuro callejón con su sed de fuego. La plaza, iluminada por la gran pira central, se invadió de un olor nauseabundo. Ya las agudas pupilas del poeta no podían rescatar la imagen de Pitágoras. Una llamarada distinta al pensamiento se adueñaba ahora de su cuerpo.

-Si fueron inocentes volverán a cobrar venganza –dijo un pordiosero rezagado que avanzaba penosamente por la calzada –y si fueran culpables, no estarían tan muertos, pues serían brujos y sus colas punzantes, lejos de perecer, ya estarían corrompiendo la casta inocencia de Nuestra Señora.

Nadie tampoco fue capaz de interpretar estas últimas palabras, no había gente con agallas que se atreviera a interrumpir el sueño del cliente de Böhuer y ni siquiera el propio doctor se sentía dispuesto a admitir que la regresión guardara relación directa con su paciente.

La verdad era que no querían comprometerse demasiado.

Sólo el Sr. Wilbert tuvo el valor suficiente para subirse a un barco, como en sus sueños, dejando atrás su realidad urbana, en busca de cualquier sitio para encontrar la paz.

El clamor profundo de las aguas le habló de ella, de sus largas canas y de sus tres condenas.

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