Aspectos generales de la reintegración

El hombre en su entorno

El hombre en su entorno

A s p e c t o s g e n e r a l e s d e l a r e i n t e g r a c i ó n

Primer premio de Ensayo Filosófico Ciberespacio 2003

Ciudad

La actitud científica ha estado, desde hace algunos siglos, a la cabeza de la filosofía de vida occidental.

En todas partes se ha institucionalizado la tecnocracia y pertenecen a esta condición no tan sólo los que trabajan para la ciencia sino también los que vivimos dentro de sus lineamientos prácticos y teóricos.

Puede decirse que el hombre moderno está mitad hecho por Dios mitad hecho por sí mismo, el hábitat “artificial” en el que vive forma con él una asociación simbiótica y recíproca, sus ventajas y fracasos sociales forman parte de su natural actualizado a la época.

El urbanismo es el medio ambiente de la cultura, la “Antrópolis”, un hormiguero acondicionado por y para nosotros.

En los albores de este nuevo siglo (también nuevo milenio) y como resultado del complejo dinamismo físico, biológico, histórico e intelectual, el ser humano continúa siendo un proceso.

Tal es así que hasta las mismas leyes que lo describen y las propias fuerzas que lo determinan como un fenómeno reconocible, existen en virtud de su autoconciencia que, de ninguna forma, se mantiene inerte (seguimos identificando un proceso)

Esto significa que difícilmente pueda definirse en forma precisa o absoluta la idea de hombre ya que ésta fluctúa en el océano de abstracciones mentales, terreno instable en el que la misma acción de querer determinar algo es una mera suposición o, a lo sumo, un intento estadístico que hace el cerebro con los datos sensoriales que recibe del mundo.

El hombre no ha dejado de ser un animal social por más demostrada que esté la paradoja de que los propios aparatos de comunicación masiva aíslan e incomunican a sus usuarios entre sí en el orden familiar y comunal.

La televisión, la internet y otros medios de información compacta son sin duda una suerte de salvaje libertad de expresión, la prehistoria de lo que será la era de la virtualización, la antesala de una visión bioenergética del universo: la conciencia oculta tras el soporte físico de las cosas.

El hombre puede no estar evolucionando, simplemente. Puede que haya una corriente vital que se revuelve en todas direcciones (de lo simple a lo complejo y viceversa) y la historia del homo sapiens sea una entre las tantas manifestaciones de ese plasma esencial.

Trampas en oferta

Este “paraíso” desnaturalizado se produce, a grandes rasgos, por una doble vía intencional: la capacidad tecnológica e industrial, que requiere de una sujeción de conocimientos técnicos específicos y la adecuada ambientación social y psicológica, que permite la manipulación masiva de gente para la conversión de compradores potenciales en consumidores reales.

La oferta y la demanda son aquí protagonistas pero, este binomio se vuelve fraudulento cuando la producción no persigue satisfacer las verdaderas necesidades del consumidor sino más bien las exigencias del mercado que importa o fabrica productos y hace de ellos una NECESIDAD!, una sociedad mercado dependiente que desembolsa todo el dinero que tiene y no le ALCANZA NUNCA.

Suele acontecer, en las grandes urbes, un pataleo inquieto en el pecho venido quizá del atávico Homo Naturalis que reclama el paraíso olvidado.

“Allí se extiende una montaña de chatarra de todos colores todavía refulgentes. Es un cementerio de automóviles… la estúpida tragedia de las máquinas…No sé de dónde me viene el escalofrío que me recorre el cuerpo. Mezcla de horror y fascinación: lo mismo he sentido, ya, en las grandes tiendas, a la hora de elegir una camisa entre kilómetros de camisas extendidas en varias direcciones…” 1

Pero sin desautorizar ese agonizante reclamo anticivilizatorio, aunque más bien anticonsumista, que eleva la bandera de Rousseau, que se enardece en los izquierdismos antiimperialistas y se vuelve sospechosa en la bienaventuranza a los pobres que predica la iglesia en nombre de la cristiandad; sin desmeritar las inquietudes de la ecología, me atrevería a decir que aun más intenso y doloroso sería el sentimiento del hombre si le quitaran su ciudad.

Ya no sería un anhelo de vida sana y vegetación, ni una dieta herbívora con abandono total de nicotina, alimento chatarra y bebidas cola, la ausencia de civilización, de urbanidad, de cultura, en definitiva, el regreso a las montañas provocaría probablemente la extinción de la raza y quizá del planeta.

El mundo se ha hecho adicto a la civilización y un nuevo equilibrio, de un orden mayor al ecológico estrictamente señalado, hace imprescindible este proceso mal llamado “de desnaturalización”. Es otra espontaneidad de las infinitas que caben en el universo.

Cuentas pendientes

Desviándonos un poco de esta conceptualización de la materia (el materialismo) que, pese a las diferencias ideológicas, proliferó de una manera en las políticas neoliberalistas y de otra en las marxistas, resulta también interesante la investigación científica de lo “fehacientemente” material: el sondeo científico.

Estudiar el universo condujo al análisis del micro y macro cosmos, realidades que se alejan de la observación en direcciones opuestas; en la mente, sin embargo, los abismos se fueron estrechando hasta desaparecer en la astrofísica que investiga relaciones de la masa y la energía de los átomos y sus consecuencias en el comportamiento del cosmos.

El desarrollo de esta cultura positiva representa un largo camino experimental que, exponiéndose a la peligrosidad de todo ensayo, más de una vez llevó un supuesto erróneo hasta las últimas consecuencias al estilo de Ícaro y sus alas de cera.

Pero el riesgo más elocuente y descabellado es, sin duda, la presente manipulación atómica para la destrucción, el planeta a merced de la veleidosa voluntad humana.

Este aspecto de la cuestión nos remite al campo de la conciencia, de la ética y de la responsabilidad. Después de las guerras y de la deshumanización industrial, intelectual y moral, haciendo un recuento de los valores necesarios para la vida misma, sólo podemos decir: la diosa Razón está en deuda con todos nosotros.

La ciencia tiene la obligación de usar ahora su conocimiento y tecnología en beneficio del mundo incluyendo el saneamiento físico y psicológico de aquellas patologías que ella misma ha ocasionado.

Los axiomas del hombre moderno no son tan sólo esas sintéticas ecuaciones que proliferan en los pizarrones y libros académicos. Son, en realidad, experiencias recopiladas por personas volubles, crédulas, tan vulnerables al entorno como cualquiera de nosotros.

Tampoco aquellos números que circulan en las estadísticas, en los noticieros, en el conteo de carencias en las poblaciones marginadas, así como en otras tragedias de la vida diaria, son los mejores intérpretes, ni mucho menos, de lo que abarca el sentimiento, la aflicción y la desesperanza de cada protagonista (que al final eso es lo que somos)

Cifras, como por ejemplo porcentajes de desempleo, contaminación ambiental, enfermedades irreversibles fisiológicas y psicológicas, hectáreas de bosques talados en las selvas tropicales y potenciales nucleares, a veces resultan demasiado musicales al oído y no parecen representar el peligro inminente al que estamos sometidos. Los números no alcanzan para describir la realidad.

Esta paridad de pensamiento, que reconoce un desperfecto y a su vez lo justifica en el seno del mismo proceso no tiene por qué ser contradictoria.

La injusticia y la ruindad son realidades homicidas, emanaciones de un ego arcaico y violento, del instinto del yo antes que los demás, un salvaje: sálvese el que pueda.

Son por ejemplo los delitos castigados por el código penal de un país.

Pero lo cierto es que en estos casos, de la misma forma que lo hacían los dirigentes religiosos, es el hombre el que escarmienta al hombre auxiliándose en una tercera entidad superior a cada componente de la comunidad, una presencia abstracta: Dios, en los gobiernos teocráticos, consenso social, en la constitución de un estado.

Se sanciona entonces la desobediencia, la trasgresión de una ley o de un artículo, la ignorancia de los mandamientos, pero el acto mismo en sí no es castigable.

El crimen más allá del hombre, de la sociedad, de su propio subjetivismo, no existe; anticipar una moral universal de bien y mal o de pecado y salvación es una ingenuidad típica del miedo a morir, una reacción clásica del pavor a desaparecer.

Para la comunidad todo lo que ponga en peligro la vida o los derechos de supervivencia de un semejante es un delito, incluso el suicidio está considerado como un atentado contra la sociedad, jamás se lo plantea como un derecho. No es difícil imaginar quien debió firmar realmente las escrituras religiosas, las legislaciones de los estados y los acuerdos de paz y desacuerdos de guerra: el deseo de seguir viviendo.

Riquezas de la imprecisión

La evolución del conocimiento humano ha sido interrumpida por catalépticas nociones absolutistas, concreciones estáticas del pensamiento y soberbias racionalidades aristotélicas que se consideraron “saberes acabados e indiscutibles”.

La experiencia nos dice que lo verdaderamente preocupante de un paradigma científico es no poder encontrarle posibilidad de error.

Este hecho no supondría el hallazgo del modelo perfecto sino el detenimiento cognitivo en la mente colectiva de la época, la incapacidad de encontrarle al universo su vínculo con lo infinito, es decir, el lado incognocible de la cuestión.

De ahí la importancia de las modernas “imprecisiones científicas”, de la estadística matemática y de las generalidades que hoy se sirven los físicos para describir la realidad incrementando en sus teorías constantes de error e incertidumbre.

Una característica de la nueva visión del mundo viene implícita en las paradojas de De Broglie, Schoröndinger, Heisenberg, Einstein y hasta nuestro actual prodigio Stephan Hawking, en las que se asocian equivalencias de masa y energía, fluctuaciones del espacio – tiempo, tortuosos avances de la luz en la curvatura del espacio y las “singularidades”, puntos indescriptibles donde las leyes de la física fallan inexorablemente.

En este punto no hay manera de evitar relacionar el “devenir”, que descubrió Heráclito, la cambiante manifestación del Tao, los principios evolucionistas que surgieron del análisis bio-social, con las recientes teorías de la física moderna que ha comprobado la existencia de patrones energéticos subyacentes a toda realidad física.

Cuando se abandonó la idea de un espacio y tiempo absolutos se descubrió la Relatividad, pero ese descubrimiento fue para la ciencia más destructivo que constructivo, significó que ya no era posible repetir un acontecimiento en el mismo tiempo y lugar.

Flotamos en un mundo de relaciones variables que van transformándose continuamente y encima, la “realidad” resulta tan sensible que hasta el mismo hecho de observarla la modifica irremediablemente. Esta vaguedad dominante resulta ser más verdadera que cualquier afirmación específica por más precisa que parezca.

Conciencia y fotones

Pero, las ciencias de la naturaleza, no sólo incursionan en la metafísica, están pactando ahora un vínculo que será indisoluble con la sicología.

Se conoce que la actividad de las partículas subatómicas determina las reacciones químicas cuyas complejidades desembocan en la biología la cual, en última instancia, culmina en los escabrosos procesos cerebrales y en el “cogito” que analiza la cuestión.

Esta asociación se revela también en el criterio de la mecánica cuántica que establece que la observación humana, o su prolongación por medio de los aparatos de laboratorio, constituye un elemento fundamental en el experimento con partículas.

No está claro al fin si, tras la incursión temporal del hombre en pos del conocimiento de las cosas, el resultado será un mapa mental de la esencialidad del universo o la comprensión de que el saber humano sólo ha estado paseando por los recónditos parajes de su cerebro.

“ Las relaciones entre observaciones son fenómenos mentales puesto que las observaciones y percepciones son mentales. De ahí que las propiedades fundamentales del universo sean tal vez mentales y no materiales.” 2

La investigación profunda sobre la materia ha conducido a la ciencia a un fondo energético tras la apariencia sólida de los objetos, un mar aleatorio e inconmensurable de vínculos entre partículas virtuales y reales, eso significó una bofetada al materialismo promulgado por la física clásica.

Los objetos son ahora el resultado de un registro energético y este aparato que reduce el caótico y dinámico campo de energías a realidades discretas, ordenadas, reconocibles, es el llamado observador.

¿De qué manera se obtiene esta “realidad”, fotografía animada y confinada al despliegue de los sentidos?

La forma más moderna de comprender esta dependencia recíproca entre el aparato observador y el objeto observado es entender todo en términos de ondas que se cruzan creando esquemas de interferencia.

Cuando simplificamos al universo como un caos de ondas en interferencia y explicamos la existencia como una coincidencia entre millones de millones de posibilidades (Que se da por la abundancia de tiempo y elementos o por lo atemporal y adimensional del Todo), un punto en que las ondas ricas en probabilidades se suman o cancelan, no estamos lejos de precipitarnos en el terreno fecundo y oscuro de la conciencia.

Antes esa oscuridad se cernía sobre los nuevos conceptos impulsado por Maxwel: la electrodinámica, los campos de fuerza, la mecánica ondulatoria y luego las complejidades del electrón.

No es entonces imposible una relación más estrecha entre los modelos energéticos que subyacen a la realidad material y la conciencia que se tiene de ella.

La materia podría ser una idea más. La energía, la plasticidad física de esas ideas.

Cortando líquidos

Este retorno del hombre hacia el espíritu por medio de la vía científica apunta hacia una idea puramente teilhardiana: la integración como precursora de una ascensión en el desarrollo de la Conciencia.

La interdependencia de los fenómenos y la inseparabilidad de las ciencias señalan, como agente de confusión primario, al método de análisis que separa o fragmenta la realidad para estudiarla por partes.

La visión mutilante y unidimensional se paga cruelmente en los fenómenos humanos: la mutilación corta la carne, derrama la sangre, disemina el sufrimiento. 3

Con el incremento de la ciencia en los distintos sectores de la industria, la medicina, los medios de comunicación y transporte, en la conquista del espacio, etc., se han obtenido indiscutibles logros en el final de siglo.

Estas victorias de la comunidad científica han promovido el desarrollo de infinidad de bifurcaciones del conocimiento; las llamadas especializaciones.

El mundo occidental ostenta una gran variedad de expertos que han profundizado en determinados aspectos específicos de la naturaleza y que, en forma asombrosa, han puesto de manifiesto la existencia de microuniversos que existen fuera del alcance del ojo humano o precisas propiedades de cuerpos distantes a miles de años luz de la tierra.

Los frutos positivos de esa “visión mecanicista” están representados en los logros de las ciencias aplicadas, sus desventajas se observan en la topografía de las crisis actuales; pero, la ambición de explicar la naturaleza de las cosas no tiene expectativas por esta senda. La naturaleza no se manifiesta como un conjunto de componentes combinados, predecibles e independientes como mal entendió Laplace, sino como una campo vibracional: UN GRAN ORGANISMO VIVO.

Precisamente ese dinamismo orgánico del planeta es el que mejor interpreta la realidad; un proceso más psíquico que físico, donde la experiencia concreta desaparece virtualmente en el pasado y parece tan sólo ilusión en el futuro.

Sin embargo este acontecimiento raramente nos fascina, pocas veces vislumbramos en él, como lo hizo Berkeley, la levedad de la vida humana: “…la existencia de Dios se percibe más nítidamente que la existencia de los hombres”
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Alternativas vegetales

Efectivamente el sistema nos esclaviza con las malformaciones del racionalismo y el apremio del reloj, no podemos aprehender nuestra realidad contingente en la biosfera, entre los animales y las plantas. Y, cuanto más tiempo permanezca nuestra civilización amoldando la naturaleza al raciocinio, menos se amoldará éste a la naturaleza.

Comenzamos a compartir una jungiana forma de inconsciencia colectiva. Los poderes institucionalizados no sólo favorecen la alienación cultural y coartan la expresión de lo nuevo sino que además crean leyes que atacan al investigador por temor a perder el molde de sus endebles estructuras sociales.

Una de estas leyes idiotizadoras es la censura injustificada de la experimentación con plantas portadoras de nuevas experiencias y conocimientos: las llamadas plantas de poder, potentes alucinógenos naturales inofensivos para el organismo en dosis naturales.

Es sospechoso que, en vez de educar a la población y legalizar estas joyas de la naturaleza, inciten su mercado clandestino con la consecuente suba de precio del producto y la innecesaria asociación de vegetales maestros (cannabis, adormidera, hongo psilocibe, peyote y otros cactus contenedores de mescalina, las plantas triptamínicas, betacarbolínicas, atropinicas así como todas aquellas cuyos alcaloides transformen nuestra “realidad”) con el mundo del crimen, la ilegalidad y la corrupción. Pese a todo, la legalización de las drogas, no es una utopía, se ha llevado a cabo en Holanda y en varios estados de Norteamérica y ciertos alucinógenos vegetales sagrados se han despenalizado en México, Brasil, Perú y otros países con tradiciones indígenas.

Ocurre que (en este caso hablando de las drogas adictivas derivadas del opio, la coca y anfetaminas) han comprendido que la ilegalización no sólo incurre en la subestimación del derecho individual sino que además fomenta la adicción y aumenta el consumo de las potentísimas drogas de laboratorio.

Esto resulta de la desinformación, de la proliferación de sociedades ansiosas e insatisfechas, enganchadas en los “estupefacientes legales de nuestra cultura” tales como las bebidas alcohólicas destiladas, el tabaco, el azúcar, la televisión, la moda, la ambición por el dinero y el poder, el mercantilismo mercenario del capitalismo desenfrenado y las manías aberrantes del despotismo moderno.

Ahora prima profundizar en la conciencia del hombre con la ayuda de aquellos inseparables “aliados” vegetales que nunca han permanecido ajenos; ahora que la conciencia ecológica necesita un impulso y la policromía de los sentidos humanos se ciñe a la vacuidad del consumo neurótico y sistemático de valores ficticios; es el momento de irrumpir con un programa coherente en pro del equilibrio planetario y, si bien es cierto que en ausencia de trampolines vegetales existen otras alternativas también viables como la meditación, el ayuno, las experiencias de casi muerte y la repetición hipnotizante de ciertos patrones de sonido, la experiencia vegetal es más eficaz y directa, más controlada y menos riesgosa.

“ …las plantas alucinógenas, pueden abrir con seguridad y repetidamente las permeables puertas de la válvula reductora de la conciencia y exponer al individuo a toda la fuerza rugiente del Tao” 4

El feliz abandono

En gran medida la estratificación de los conceptos le ha acarreado, al común occidental, una individualidad ya dolorosa; incomodidad descrita por las filosofías orientales como producto de la “ignorancia” o de la acción de Maya (ilusión)

Lao Tse representa una coincidencia significativa con la física moderna en cuanto a la comprensión del universo como un flujo continuo donde la armonía constituye “los no haceres”, es decir, desistir de prestar resistencia al Tao (camino)

En el presente no es fácil escuchar esos ritmos que los antiguos indoeuropeos rescataban asistidos por el misterioso Soma intoxicante y extático. Hoy tan sólo un escaso número de pueblos aborígenes han conservado una tradición religiosa basada en la cosmovisión biológica humano-vegetal; esas excepciones pueden ser consideradas como tesoros sociales contemporáneas.

La acción controlada de determinadas sustancias indólicas generan fenómenos que contienen potencialmente una solución más rápida y efectiva al problema humano que la captura de una nueva forma subhadrónica en el corazón del átomo.

El sólo hecho de regalar al psiconauta una experiencia nueva ya es un factor importante en el desarrollo del ser, en la comprensión del universo que se expresa no tan sólo como un despliegue hacia fuera si no que como una constante ininterrumpida también hacia dentro que no discrimina entre alucinaciones, sueños y las reconocidas experiencias “reales”. Precisamente esta riqueza de visiones e interpretaciones coincide con la libertad que se le atribuye a Dios, con la vivencia que describen los místicos y que ¿por qué no? Con lo que seguramente es una recepción sinestésica, simultánea y autoconsciente del Todo en la parte y desde la parte. La fracción no existe en sí misma si no como una forma en que se presenta esa totalidad.

“Las drogas psicodélicas están entre los instrumentos más eficaces que hemos descubierto o desarrollado para poder comunicarnos con aspectos de nuestras mentes inconscientes.” 5

¿Existe lo antinatural?

Se me antoja inexacto y mortificante señalar al hombre como un agente externo, extranatural, autónomo y, a sus “creaciones”, que bien sabemos son resultado de mezclas y combinaciones, como objetos artificiales que antagonizan con la “creación”. Venimos de un fondo cien por cien natural, SOMOS NATURALEZA y aunque estemos representando el aspecto suicida del sistema, el elemento de cambio más extremo, nunca el pensamiento, logrará una independencia real con respecto a su origen o pertenencia geobiológica. NADA DE LO QUE SE PUEDA HACER ESTÁ PROHIBIDO POR LA NATURALEZA.

Desde este enfoque holístico es fácil deducir las relaciones entre los miembros de una gran comunidad viviente como ensayos de la CONCIENCIA UNIVERSAL, matices tornasolados de la luz en la cara interna del ser y la dinámica de procesos de interacción energética. La danza fotónica genera las propiedades de la materia y las sofisticadas matemáticas que lleva a cabo el inconsciente cerebral construyen, a partir del choque sensitivo y del suceso en cuestión, la realidad observable.

Así mismo la observación humana que percibe estos fenómenos inestables es también un proceso: el tejido de ondas cerebrales con el que trabaja el SCN (sistema nervioso central); el resultado de este complejo es un “paisaje” creado de la interacción entre el observador y el objeto observado.

Al parecer, son muchos los posibles caminos del electrón en el seno atómico, pero el hecho de estar acechando su comportamiento lo obliga a elegir un camino al azar, esa elección es intrínseca a la partícula e impredecible para el físico experimental, sólo puede aproximarse con el cálculo estadístico mediante el concepto de onda de probabilidad.

Los organismos vivos han desarrollado con el tiempo sistemas biológicos que identifican patrones de ondas como fenómenos visibles, palpables, sonoros o sencillamente perceptibles; me refiero a la realidad cotidiana. Hoy, tras varios millones de años de evolución, el cerebro puede hacerse diversas conjeturas respecto al relativismo de la fenomenología y al funcionamiento cognitivo.

El reconocimiento del espíritu

Hasta hace poco la ciencia había venido descalificando y subestimando aquellos saberes o creencias que escapaban de la evidencia experimental, lógica, y predecible; el sabio occidental rehuía del espíritu y se abrazaba a la tangible materia como a la verdad más cierta.

Hoy comienza a comprender que atrás del telón de la fenomenología opera un vastísimo campo de energías y tras los últimos avances la física teórica ha tenido que corregir sistemáticamente sus nociones clásicas de tiempo y espacio así como renunciar a sus viejas pretensiones deterministas para resignarse a un cierto grado de incertidumbre infranqueable (Heisenberg)

La química y sus reacciones no son sino una manifestación material de estos complejos procesos energético-psicológicos, el valor de los elementos y su posición en la tabla periódica responde al fin a una interacción entre el experimentador que percibe, calcula y clasifica; y el fenómeno al que se somete a observación, éste proviene de un patrón de probabilidad, se confecciona como OBJETO mediante ciertas ESTADÍSTICAS CEREBRALES ¿Cuál es entonces la diferencia entre energía, conciencia y espíritu?

El animismo, que caracteriza a los pueblos no “civilizados” y que ha sido presentado por la antropología tan sólo como una etapa primitiva de la religión, con sus mitos y rituales, con sus himnos y loas a la Madre Verde, puede ser un enfoque apropiado si se entiende como vivo aquello que comparte una conciencia viva; de hecho todos los fenómenos lo hacen ante el observador.

La interpretación del chamanismo como un manejo inconsciente de los poderes ocultos, un ordenamiento intuitivo de las profundas fuerzas motoras (causales) es a su vez una nueva forma de simpatía entre las “partes” que manifiestan su tendencia a reintegrarse en un TODO incondicional.

Vestigios de la conciencia física

Según el cálculo de nuestros expertos la Tierra se formó hace 4 600 millones de años y, el más directo antecesor del hombre moderno, el Homo sapiens, se remonta a una cifra mucho más reciente, unos doscientos mil años antes de nuestra era.

Desde entonces no se han registrado modificaciones importantes en el genoma humano, el crecimiento cerebral, en términos materiales, se ha detenido. No obstante este congelamiento temporal en el “hardware” del organismo humano, sus potencialidades intelectuales se han seguido desarrollando en forma vertiginosa.

La civilización con sus nociones culturales, sus lenguajes alfabético y numeral, su sofisticada tecnología, etc.; es un gigantesco software, complejo y dinámico, sujeto a un soporte bioquímico con rasgos animales.

La característica humana no está específicamente representada por sus particularidades biológicas que no difieren gran cosa de las de otros mamíferos; el distintivo principal radica en su cultura y en su complejidad cerebral.

El desarrollo prematuro de la masa cerebral, en los albores de la especie, ha despertado la polémica y la especulación entre los sectores relacionados a la antropología.

El etnobotánico Terence MacKenna contribuye a la aclaración del problema con una elegante teoría naturalista donde el responsable de la emergencia lógica y religiosa pudo ser un agente psicoactivo sintetizado por un tipo de hongo.

Esta visión contempla el transcurso evolutivo como una acción conjunta y solidaria entre los organismos vivos y el medio, en relación a este fenómeno el autor escribe:

Los nuevos homínidos se “cocieron” en el ambiente africano con fuerzas de mutación extrema, fruto de dietas exóticas y provocadas por el clima” 6

No cabe duda de que entre estas “fuerzas extremas” se convierten en favoritas, a la hora de buscar responsables de la evolución humana, aquellas que pudieran acelerar el proceso de una forma drástica y directa; en ese sentido, las plantas psicoactivas parecen ocupar una posición preponderante en el desarrollo de la imaginación y la cultura.

Ahora bien, en períodos más recientes, las revoluciones ideológicas, análogas a las mutaciones biológicas pero en el terreno del pensamiento humano, se han visto forzadas a existir por la presión de las crisis sociales y bajo la tutela de polémicas intelectuales, aunque, la ingestión de nuevos nutrientes y alucinógenos indólicos, nunca han dejado de ser importantes propulsores del cambio social paradigático.

El error de subestimar lo inexplicable

“Si viéramos realmente el universo, tal vez lo entenderíamos”.
J. Luis Borges

La ciencia moderna, en la fase actual, parece todavía sujeta a prejuicios inconcebibles. Pese a los últimos descubrimientos llevados a cabo en campos tan complejos como la genética y la física, que manejan conceptos probabilísticos y alta tecnología, una gran mayoría de los expertos de nuestro tiempo sigue aferrada a la metodología estrictamente materialista.

Hace algunos años la mayor parte de las realidades científicas modernas eran tildadas, por los sabios de entonces, de fantasías febriles y especulaciones irrealizables. Sin embargo, se han llevado a cabo las supuestas fantasías de Julio Verne y se han hecho realidad incluso los diagnósticos tibetanos interpretados a través del aura humana, fotografiada en este siglo por la cámara Kirliam.

Este escepticismo que se ha puesto de moda en los últimos años ha llevado a la ciencia por un curso dudoso que tiende, en muchos aspectos, a cerrar los ojos ante la evidente existencia de los fenómenos llamados paranormales.

Pero, lo más interesante de esta reacción radica en lo popular que se ha hecho entre la población, por medio de las revistas de divulgación, artículos pseudocientíficos, etc., la fórmula de evasión por exelencia.

Esta fórmula, además de arrastrar una carga semántica peyorativa, no deja de ser un intento insuficiente de ladear el problema y está constituida por una palabra que, generalmente, se dispara a la ligera, pero que es, en realidad, digna ser tomada en cuenta. El concepto que busca convertirse en la panacéa de las debilidades científicas de nuestro tiempo recibe el nombre vulgar de sugestión y, como veremos, es mucho más de lo que se cree generalmente.

En muchas ocasiones, cuando un enfermo incurable no encuentra remedio en manos de la medicina ortodoxa, recurre a otro tipo de terapias alternativas o a formas rituales arcaicas.

Si bien es cierto que no son pocos los falsos “curanderos” que se aprovechan del atraso alarmante de la medicina ( con respecto a las otras ciencias); también es verdad que muchos han sido verdaderamente curados.

En efecto, no en balde viajan a lejanos pueblos indígenas miles de personas desahuciadas por la medicina occidental, desde remotos puntos del planeta.

Pero el orgullo de algunos doctos, nacidos y criados bajo la bandera racionalista del pensamiento lineal cartesiano, olvida la efectividad de estos resultados no convencionales y, haciendo gala de una ignorancia sobrecogedora, supone que el paciente curado, es un débil mental que ha sido habilmente manipulado por un astuto “farsante” para terminar sano por efecto de la autosugestión.

Lo que esta gente olvida es que la sugestión debe ser considerado como un elemento válido al que echa mano todo terapeuta, sea o no reconocido.

No es extraño, por ejemplo, que un enfermo vaya al médico aquejado de un fuerte dolor y cuando éste lo atienda la dolencia desaparezca como por encanto.

En relación a este fenómeno algunos profesionales recurren al denominado efecto placebo. El recurso consiste en dar a sus pacientes una sustancia farmacológicamente inactiva que, sin embargo, mediante un proceso psicosomático es responsable de sensibles mejorías en el paciente.

La hipnosis, la insensibilidad al dolor, los estados místicos y otros muchos de estos “escapes de la razón” son atribuidos a la sugestión.

Lo desconcertante es que, siendo el autor de falcultades tan maravillosas, este mágico atributo del ser no haya sido todavía tomado en serio por la gente, en general y por la ciencia, en particular.

Nos queda todavía esperar el desarrollo de algunos sectores de la ciencia tales como lo son la física cuántica y la psicología que, debido al continuo choque de realidades concretas y abstractas, tienden a una unificación de la materia con el espíritu.

Física de lo paranormal

La sicología se está convirtiendo en la verdadera protagonista frente a su papel activo en la interpretación cuántica del mundo que supone esencial la observación como un factor determinante del fenómeno. Sin embargo no alcanza con el análisis cerebral mientras no se conozca su naturaleza, en palabras de Keitch Floyd, psicólogo de Virginia Intermont College:

“ Quizá no sea el cerebro el que produce la conciencia, sino más bien la conciencia la que crea la apariencia del cerebro, la materia, el espacio, el tiempo y todo lo que nos gusta interpretar como universo físico”7

Reinterpretando lo que dijera Schultes de los poderes que los autóctonos y chamanes atribuyen a las plantas: Sabemos que estas “fuerzas espirituales” son poderosas sustancias químicas (Schultes y Hofmann, 1979; Schultes y Swain, 1976) y echando mano de los nuevos conceptos de la física de la partícula, me atrevería a sugerir que la tradición indígena está en lo cierto cuando le confiere espíritu y poder a objetos, plantas y animales.

La percepción humana es una suerte de Navaja de Occan colectiva e impuesta por la visión apriorística del mundo, ella “despliega” el universo presente, más como un aspecto incompleto y limitado del TODO que como una creación divina; porque el individuo, que representa la parte, no tiene ninguna realidad si no se comprende dentro de y como un organismo en continua agitación.

Las sustancias químicas a las que se refirió Schultes son nuevos intérpretes de los estímulos sensoriales, otras formas de conectar con los caóticos campos de energía e información, eso es el universo antes de ser ordenado por la percepción.

También el manejo voluntario de fuerzas psíquicas o “ vibraciones” parece tener un origen energético.

Las “guerras mentales” entre tribus no civilizadas y los fenómenos llamados “tulpas” del Tibet, descritos por la investigadora francesa Alexandra David-Neel, en los que el lama preparado medita hasta adquirir la capacidad de transformarse en objeto, planta o animal; son alguno de los efectos más espectaculares que asoman a este campo extensísimo que ha pasado a llamarse parapsicología.

Probablemente el enorme vacío de principios espirituales en occidente, sea el responsable del desconcierto y la temeridad de la presente sociedad culturizada en la adicción a la materia y en el amor propio.

Pero la nueva física está en condiciones de concebir una autocrítica ANTI SECCIONADORA y adoptar una VISIÓN INTEGRACIONAL basada en las contradicciones del sentido común y en la articipación “holonómica” entre los “acontecimientos”; a su vez, la biología y la sicología ya tienen argumentos de sobra para reclamar un lugar preferencial en este nuevo concepto del mundo sustentados en los recientes avances genéticos y en la forma en como opera el cerebro.

Contra Kant, creo que no se puede ser pesimista respecto al acceso a Dios mediante una comprensión “cerebral” del universo, el escepticismo olvida que, en la POTENCIALIDAD que vive en cada “entidad”, existe una asociación con el Otro Trascendente, el objeto concreto mantiene un enlace con su naturaleza esencial.

En defensa del raciocinio

Mientras Empédocles y otras personalidades de la Magna Grecia se afanaban en sus teorías de elementos y fuerzas; levemente fue asomando un movimiento metódico y racional que se esforzaba por comprender su naturaleza: el análisis de la sustancia pensante.

Es precisamente en esta cuna occidental donde se forja la autorreflexión profunda: el nivel de abstracción que alcanzaron los tres grandes metafísicos griegos Sócrates, Platón y Aristóteles, que determinaron, en gran medida, las vías de la cultura moderna.

Aquella sentencia que se leía en el templo de Apolo, sitio donde se dictaba el famoso Oráculo de Delfos, y que rezaba: “Conocete a ti mismo” debió convertirse en la pasión de los eruditos post-socráticos que incorporaron dos interpretaciones opuestas del llamado “bien” del que había hablado el maestro de la ironía y la mayeútica (Sócrates)

Sin embargo, incorporada posteriormente en la teología cristiana por Tomás de Aquino, fue la lógica aristotélica la que mayor incidencia tuvo en la cultura occidental; de ella se desglosaron las famosas pruebas de la existencia de Dios

La teoría evolutiva de Charles Darwin apunta a la confección inconsciente, por parte de la naturaleza, de modelos más estables o menos vulnerables a la entropía universal. La vida orgánica es un raro ejemplo de RESISTENCIA que enlentece, mediante los mecanismos de sobrevivencia, el constante cambio “material”, es decir la impermanencia de las cosas; para el ser humano el paso del tiempo es su condena y tal dinamismo representa la inevitable muerte.

Para algunos neo-evolucionistas el papel de la conciencia humana es un factor que responde al mismo patrón del resto de la iniciativa instintiva: el azar.

Este concepto vino a sustituir toda intencionalidad divina en la dinámica de las especies y, echado al mismo saco casual de las mutaciones accidentales, el pensamiento ha sido considerado como una herramienta al servicio del instinto de seguir viviendo. Pero ¿puede una herramienta del instinto llegar a tales grados de independencia? De hecho el pensamiento, que desde esa perspectiva debería limitarse a las cuestiones más pragmáticas, ha trascendido a sus límites hasta el punto de cuestionar su propia naturaleza, conducir a suicidios y hasta reprimir, por convicciones morales, las estrategias reproductivas, deseo y placer.

En otras palabras, como no se puede estar absolutamente desvinculados con la totalidad, aun insertado aquí en el AUTOENGAÑO que menciona Krisnhamurti, el ser existencial debe tener alguna pauta cierta de su origen, esta noción es la propia CONCIENCIA, la sensación de ser, de estar.

Todo lo demás es inherente a esa sensación y cuan acertado es increpar a Descartes con la siguiente pregunta: ¿Quién es el “yo” que piensa y luego existe? Recién entonces ante la imposibilidad de autentificar la identidad aparente, podremos comprender el movimiento de una inmensa conciencia universal disgregada en su auto-contemplación.

El Tao, lo inconmensurable.

Pero ¿Cómo es que funciona este gran organismo al que llamamos NATURALEZA, totalidad, Dios y de mil formas diferentes? Si las propiedades absolutas de unicidad, infinitud y eternidad que conferimos a Dios son ciertas surgen DIFICULTADES para comprenderlo como un Creador.

En occidente el monoteísmo cristiano y la explicación del mundo como creación divina se mantuvieron firmemente afianzados en las Escrituras (Antiguo Testamento) donde se reflejan similitudes con las otras religiones (judía, islámica y las propias derivaciones de la iglesia católica).

Varios puntos en común definen las tres grandes religiones, judía, cristiana e islámica, tal vez porque sus raíces sean comunes. De hecho el Corán tiene influencia de la tradición judía y ésta una posible ascendencia babilónica sugerida en coincidencias con el antiquísimo Código de Hammurabi; y la posterior aparición del zoroastrismo en Persia en el siglo VII a de C. Zoroastro o Zaratustra repercutió con sus ideas maniqueístas, expresadas en el Avesta, en las posteriores estructuras religiosas, especialmente en la demonología, angelología y escatología (demonios y el principio del mal, ángeles y principio del bien Ahura Mazda y final de los tiempos)

La influencia del judaísmo en el cristianismo es obvia, salvo excepciones, la teología cristiana conserva el Antiguo Testamento como un antecedente divino de su doctrina mesiánica. En general, después de la Edad Media, la idea cristiana se interesó por la “obra de Dios” y apareció el deísmo cartesiano con las frases más ridículas y controvertidas que puedan oírse, con ellas, la naciente ciencia pre-atea hacía equilibrios ante la presión social interna y externa de la teocracia cristiana.

Las revelaciones de Dios, Alá o el Espíritu Santo al profeta es una de éstas particularidades comunes, tales revelaciones han sido recopiladas en las Escrituras que se consideran de inspiración divina; otro rasgo común entre éstos bloques teológicos, es el de un principio y un fin del mundo o de “los tiempos” así como el convencimiento de que habrá un juicio divino; además comparten la idea de pecado y castigo y el objetivo de adquirir la salvación mediante la obediencia a la ley moral.

El bien y el mal

“Nos enseñan el bien y el mal y luego nos tenemos que arreglarnos solos
con lo bueno que tiene lo malo y lo malo que tiene lo bueno”

Quino

Aunque estos conceptos suelen ser de uso corriente y popular, en sí mismos, generan una fuente inagotable de argumentos y polémicas cuya evolución, a lo largo de la historia, ha abonado el crecimiento de iglesias y sociedades con diversas características doctrinales. La filosofía humana ha oscilado, respecto a la moral, desde un anarquismo total hasta un fanatismo ortodoxo; estos supuestos antagónicos han estado dando vueltas en el intrincado templo de la razón y el sentimiento desde los albores de la especie.

Es un hecho el que las religiones judeocristianas y el Islam han sintetizado la idea del mal hasta el extremo de relacionarla con el pecado; sin embargo, este alude, más bien, a un crimen cometido directamente contra el ser supremo.

Lo que ocurre es que estas doctrinas, fundamentadas en las Escrituras sagradas, admiten un pecado original y unas normas de comportamiento; de esta forma identifican al mal con todo lo que contradice tales pautas religiosas. Por otra parte los sistemas de pensamiento oriental tales como el hinduismo, taoísmo y budismo, entienden que el cúmulo de malas acciones se purgan mediante la transmigración de almas (reencarnación), un mecanismo de renacimientos que posibilita la purificación.

Pese a la existencia de innumerables creencias que dicen tener reconocida la naturaleza del bien y del mal, el estudio, la experiencia y la lógica indican que éste, como tantos otros, es un juicio que nace en el subjetivismo humano, y que, dependiendo de la cultura, época, idiosincrasia y demás condicionantes de un pueblo o individuo, cambia la apreciación de los valores morales.

Esto significa que existe una predisposición a ver ya sea el mal o el bien en determinados sucesos y es esa disposición la que condiciona la opinión del observador. Dicho de otro modo, parece ser que no existe el bien ni el mal universal o absoluto, sólo se puede afirmar la existencia de fenómenos que son interpretados como buenos o malos por determinados patrones en unas circunstancias definidas.

Occidente después de Cristo

La influencia del Pablo en la decadente Roma imperial politeísta significó el germen de la poco después dominante religión cristiana que prolongó su presencia hasta nuestros días. La iglesia católica se constituyó como una reforma de la tradición religiosa judía e incorporó el perdón y la salvación por medio de Jesús, el Cristo inmolado en la cruz por y para los pecadores.

El apogeo de la Iglesia Católica comprendió los mil años de la Edad Media y su esplendor intelectual en el siglo XIII con Santo Tomás de Aquino. La Iglesia se vió reforzada por nuevos argumentos racionales ordenados por este teólogo italiano, fundador del pensamiento escolástico que racionalizó la gnosis cristiana usando la lógica aristotélica.

La UNICIDAD de Dios, contra la política politeísta de griegos y romanos, se impuso en esta suerte de Selección Natural de las Ideas; tal vez por la economía de culto que esto suponía o debido a la complejidad estructural en la que se termina abismando la mitología.

Sin embargo, muchos sabios de la Antigua Grecia ya se habían mostrado escépticos con respecto a la existencia de tantos dioses; uno de ellos, incluso, adelantándose al relato del Génesis “Creó pues Dios al ser humano a imagen suya, a imagen de Dios le creó…”(Génesis, Cap. 1, Vers. 27) Jenófanes, cinco siglos antes de Cristo había afirmado: Si los bueyes pudieran pintar y esculpir, pintarían dioses que parecerían bueyes.

El concepto de unicidad si bien es una característica de la filosofía oriental aparece en occidente en el siglo III ceñido a un idealismo platónico; aquello que Plotino llamó EL UNO y que se refiere a la quietud ontológica, la carencia de movimiento fuera del Ser. NO CABE fluctuación del ser hacia el no-ser. De esa noción había hablado ya el filósofo griego Parménides, en el siglo V a de C. en oposición a la idea de la jerarquía del movimiento de otro pensador contemporáneo, Heráclito, quien afirmó: todo fluye, el conflicto es el padre de todas las cosas.

Posteriormente San Agustín reafirma la unicidad e incorpora el platonismo a la Iglesia al afirmar que si bien es cierto que Dios creó el mundo “éste ya existía en el pensamiento de Dios”. De esta forma Mundo y Dios son una misma cosa. ¿Cómo explicar entonces el constante bullir que descubrió Heráclito? ¿Esa combinación de los elementos que otro griego, Empédocles, denominó “Logos” y que actuaba mediante fuerzas de odio y amor separándolos y reuniéndolos?

La actividad interna del Ser

Ese bullir que aparece ante nosotros es otra de las propiedades del Todo; se descubre en el dinamismo de los procesos físicos y mentales y en la constancia de la novedad, sin embargo esa misma constante revela ante nosotros un principio inmutable dividido en dos premisas: Por una lado esa inmutabilidad interpretada por la ciencia en términos de la conservación de la energía: nada se pierde, todo se transforma. Y por el otro está aquella verdad no del todo reconocida, y sin embargo tan evidente como la anterior: ninguna realidad, ningún fenómeno, nada, ocurre fuera de la conciencia.

Ella ES LA ENERGÍA MADRE. Esto significa que lo que Heráclito distinguió no fue la inestabilidad del Ser sino la hirviente agitación de las formas en la conciencia. Son éstos, atisbos de la AUTOCONTEMPLACIÓN del Ser “dentro” de sí cuya fórmula por supuesto, es una propiedad de Dios, la perfección que incluye la libertad y una plasticidad insólita en la conciencia. Si bien la información está, la percepción o autopercepción de este superdenso puede ser lenta. La pereza a la hora de interpretar esta realidad esencial genera tiempo por necesidad y a su vez determina la invariable caída de los sistemas

“Nada perece en el universo;
cuanto acontece en él
no pasa de meras transformaciones”.

Pitágoras

No se puede discutir la naturaleza impermanente de las cosas, de los fenómenos tangibles e incluso de los procesos psíquicos, porque es un hecho verificable y evidente el continuo movimiento que define a la existencia humana como un ciclo de fluctuantes percepciones y sensaciones.

Sin embargo, abunda, en todos los ámbitos, la idea de llegar a establecer sistemas y/o conceptos inmutables, absolutos y estáticos. Esta idea caracteriza, por otra parte, la tendencia irracional del hombre que persigue, en último término, hacerle resistencia al dinamismo propio de la vida.

Cuando en el año 1926 Edwin Hubble descubrió la expansión del universo, lo que hizo en realidad fue demostrar que no existía en el espacio un lugar permanente, fijo o cuya posición fuera repetible. En efecto, las galaxias se están alejando unas de otras a una velocidad cada vez mayor haciendo imposible la reproducción de un suceso idéntico. Por si esto fuera poco, Albert Einstein, abolió en los años 1905 – 1915, con sus teorías Especial y General de la Relatividad, la concepción clásica de un tiempo absoluto.

La imposibilidad de un espacio – tiempo absoluto limita al juicio humano respecto a la existencia de constantes absolutas en el comportamiento de los fenómenos físicos. Esto significa que para la ciencia moderna y más especificamente para la física cuántica y la astronomía, toda medición debe situarse dentro de un marco de referencia relativizado por el punto de vista del observador.

Puede suponerse que el deterioro de un organismo, cualquiera sea su naturaleza, forma parte de un mecanismo natural del Ser o del Universo y que toda resistencia al cambio concluye cuando, al sistema en cuestión, le resulta más fácil cambiar que continuar en el mismo estado.

De existir una ley universal que gobernara la extensísima gama que contiene desde la masa y energía del universo, hasta las intrincadas trayectorias de la mente humana, ésta no podría ser otra que la absoluta y paradójicamente inmutable necesidad del cambio.

Perfección relativa y absoluta

La palabra perfección es una pieza suelta, sin significado explícito, si no tiene referencias que la definan. En muchas ocasiones este atributo se refiere a un fenómeno o concepto que “salva con satisfacción” los requisitos que lo definen como tal: un círculo perfecto, la persona perfecta para esta tarea o esa frase tan popular, en perfectas condiciones físicas. Esta es la perfección relativa que implica la limitación de cada perfección en su género y que puede llevarse a términos contradictorios: el perfecto idiota, el asesino perfecto, errores del perfeccionismo, etc.

En la idea de Dios la perfección adquiere magnitudes infinitas. Si entre las propiedades de esta virtud divina se encuentra la de manifestarse (perfecta como es) ante cualquier forma de percepción, debe ser visible y coherente con nuestra idea preconcebida de lo perfecto; así un hombre puede observar a Dios.

Si por el contrario, el juicio humano está impedido de ver, reconocer y comprender esta verdad, la misma se desmorona y pasa a convertirse en una hipótesis incierta o en una problemática insoluble.

Descartes defendió que la idea de lo perfecto no se puede independizar de la existencia de sí ya que si tal idea no existiera no sería perfecta. Asume además que siendo él un ser imperfecto, de no existir la perfección ¿De dónde iba a sacar él la noción de tal atributo?

Sin saberlo Descartes tuvo en este punto la oportunidad de comprender la presencia de Dios allí, en la conciencia aparentemente propia, pues efectivamente la intuición o deducción de lo Otro implica una participación de la parte en el Todo. Pero no fue más lejos y se aferró a la dicotomía religioso-científica que distinguiendo la parte divina y creadora de la obra material regida por leyes preestablecidas, inviolables y eternas; las mismas leyes que Newton creyó hallar medio siglo después.

Unicidad y perfección versus creación

Es extraño que los teólogos que han revisado y contribuido a establecer los fundamentos del monoteísmo no se hayan percatado de las siguientes contradicciones implícitas en la idea de creación y creador.

a) Lo absolutamente único excluye todo lo demás (Problema de unicidad)

b) La omnipresencia de Dios excluye la presencia individuad (Problema de infinitud, en función a lo aespacial)

c) La libertad divina no puede ser condicionada a un antes de la creación ni a un después de la creación (Problema de eternidad, en función de lo atemporal)

d) La supuesta imperfección humana no puede descender de la perfección divina ya que al ser una creación íntegra sería un reflejo de la imperfección del “hacedor” (Problema de perfección)

e) La sabiduría del creador estaría conteniendo absoluto conocimiento sobre sus creaciones por lo que sería afectado el libre albedrío del hombre y toda responsabilidad humana desaparecería (Problema de contingencia)

f) Las supuestas creaciones “perfectas” hechas a imagen del creador con la libertad de desobedecer y luego ser castigadas por elegir mal (vaya libertad) deberán retornar al Creador o sucumbir en el infierno, parece una tortura innecesaria (Problema de finalidad)
No siendo el universo una obra celestial ¿Qué es entonces? ¿Cómo se manifiesta? ¿En qué se sustenta?

Panenteísmo y simultáneo

Desde los albores del siglo XXI, esta ligera referencia histórica, puede ser abordada desde una visión biológicamente darviniana, psicológicamente freudiana y científicamente cuántico relativista simplemente por el hecho de que son las teorías más fuertes en sus respectivas áreas. Pero, aunque menos recientes que las citadas conjeturas científicas, las filosofías que mejor describen el universo en concordancia con la ciencia, son los panteísmos orientales, más precisamente el taoísmo y gran parte del budismo como ya hemos dicho.

Tras tomar el sentido de las religiones mencionadas (la islámica, judía y cristiana) inmediatamente comprendemos sus raíces comunes y sus sorprendentes similitudes.

Sin embargo la traslúcida intencionalidad humana ha estado girando siempre en función a la incontestada meditación:

¿Quién o qué soy?

¿De dónde provengo?

¿Con qué finalidad existo?

Probablemente el lenguaje falle a la hora de explicar lo intraducible. El conocimiento verdadero no puede surgir de una cadena infinita de interrogantes. La experiencia mística extática alude inequívocamente a otros estados distintos de conciencia en cuyos dominios no existen las restricciones de la experiencia ordinaria. Sin embargo, pese a sus limitaciones, la perceptibilidad empírico-racional, la metodología científica y el ingenio humano han dado el salto hacia aquellas esferas de lo Otro, lo gran desconocido que subyace y vitaliza el organismo universal.

Viendo la incompatibilidad que analizamos anteriormente entre la idea de creación y los atributos divinos parece razonable disertar acerca de la posibilidad no creacional. Un universo eterno en esencia, jamás creado, indestructible.

La obra divina dejaría entonces de ser “obra” y respetando la unicidad pasaría a ser un aspecto de Dios. Por otra parte, logrando independencia kantiana de la causalidad (ley relativa al hombre) Dios “existe” (es) atemporalmente, no necesita causa ni deviene en efectos, simplemente es lo que es ¿Qué es? Propongo que una energía capaz de contener en simultáneo todo lo SENSIBLE, todo lo POSIBLE y todo lo NECESARIO. ¿Cuál es esa energía?

LA CONCIENCIA, su bullir es la multiplicidad de las formas y sus movimientos explican la percepción y la experiencia como estados de autocontemplación de mayor o menor “amplitud”.

La totalidad de lo sensible, posible y necesario (interpretados así desde el estado de conciencia “humano”) conforma el infinito de Dios, la simultaneidad o atemporalidad de todo acontecer contiene lo eterno de Dios y de su libertad se desprende la capacidad de OLVIDO en la conciencia de sí.

En el olvido se “pierde” el simultáneo y se justifica el tiempo y el espacio. El tiempo como la percepción de un movimiento hacia el encuentro (reencuentro) con la Autoconciencia Total y el espacio como una medida de conocimiento (reconocimiento) de esa totalidad en porciones sensibles. Un ateo es un Dios desmemoriado.

El autoengaño: el existencialismo de Dios

Buda se sintió intranquilo por los sufrimientos que acompañaban el ciclo vital humano. Luego de siete años de búsqueda tras una larga meditación bajo el árbol que hoy lleva su nombre recibió la iluminación.

Comprendió que el sufrimiento se debía al “yo” ilusorio cuando intenta mantenerse intacto como individualidad. Como Berkeley, pero 500 años antes de C. el Gotama (Buda) llegó a la conclusión de que Dios (el Otro Trascendente) era más verdadero que el hombre mismo. ¿Qué es entonces el yo?

Es lo que los místicos anuncian como un rizo de conciencia en el gran océano universal, el yo y su “paquetito” que identificara Ortega y Gasset.

¿Cómo explicar entonces la comedia humana? ¿Qué es la existencia? “…un gesto de auto olvido, un deporte cósmico..” como tan claramente acertara Kent Wilbert en uno de sus artículos.

Pero el budismo calla o ignora el porqué del dolor, la imperfección y toda la gama que define los límites de la conciencia. Simplemente se desliga del problema llamando a estas circunstancias realidades ficticias, ilusorias, engañosas a las que se debe trascender para fundirse en la plenitud, el Nirvana.

Pero…

¿Cómo se justifica la existencia de estos absurdos en la conciencia absoluta?

¿Cuál es la finalidad de tal degradación? El respeto a la experiencia de Dios (incluye infinitud) y a la libertad de Dios (incluye totalidad)

La relatividad del juicio humano hace que nos formemos una escala de valores a partir de la dualista noción de los opuestos (ying – yang) bien y el mal, grande y pequeño, fuerte y débil, profundo y trivial, etc.

La libertad de ese Ser Absoluto está en un orden superior a tales valoraciones, quiero decir que es mucho más fuerte que los criterios subjetivos morales, sociales e intelectuales.

El universo es realmente rico; tan inmensamente fecundo que ni siquiera la pobreza falta, ni las desigualdades sociales con sus eternos enemigos marxistas, ni el delito con su paga o impunidad, ni sus peores miserias: la inconsciencia de sus intelectuales y la ironía de sus politiqueros.

La heterogeneidad de sucesos va más allá de la valoración humana y se recrea en la alternancia de estados, el universo prescinde de los intereses del hombre y continúa la renovación de formas; muchas de éstas son caóticas para él, factores peligrosos a los que la raza, desde siempre, ha identificado con el mal.

De ahí se desprende que podríamos salir a pintar muros con la leyenda: DIOS ES LIBRE DE SENTIRSE PRESO.
El Génesis según la física

Con la teoría del Big Bang no todo quedó resuelto respecto al origen del universo. Una evidencia empírica ambigua, principalmente avalada por la expansión del universo descubierta por Hubble y una radiación de fondo de tres grados sobre el cero absoluto detectada por Wilson y Penzias, es la base fundamental de un precipitado determinismo científico.

De acuerdo con el estudio científico, la explosión ( Big Bang) tuvo que situarse en un punto crítico entre la expansión total, que no hubiera permitido la condensación de la materia y una explosión insuficiente que, dada la enorme fuerza gravitacional, hubiera colapsado casi inmediatamente.

El acierto, a mi juicio “casual”, al que llega este modelo es la objeción que plantea a la creación divina.

El hecho de que el universo sólo pudo desarrollarse de una manera y no de otra condiciona las posibilidades de elegir cómo hacerlo en caso de que hubiera una intencionalidad creadora.

Desde el punto de vista antrópico débil (al que se acoge la mayoría de los científicos) la historia del universo tuvo que desarrollarse de una manera bien determinada dado que el hombre existe hoy en virtud de esas específicas condiciones primarias “Si las cosas no hubieran sucedido así no nos estaríamos haciendo estas preguntas ahora”; la teoría antrópica fuerte es mucho más antropocéntrica (y bíblica), supone que el universo se desarrolló para que fueran posibles las condiciones apropiadas para el hombre.

El antropismo débil explica al hombre como accidental, el fuerte como causal.

El azar es un elemento fundamental en la Intepretación de Copenhague y se extiende desde la probabilística de las partículas hasta la incertidumbre en los mismos comienzos del universo.

Personalidades de la talla de Heisenberg, Bohr y otros muchos que les siguieron están convencidos de que el comportamiento de la materia – energía, en determinadas circunstancias, es aleatorio e impredecible.

Para algunos científicos modernos, esa inestabilidad e impermanencia de las cosas toma proporciones gigantescas; así es como los científicos, Prigogine y Stengers, ” subrayan el poder genesíaco de la inestabilidad por encima de lo estable. Saben que la vida en todos sus terrenos es un juego de orden y desorden. Pero sus dinamismos creadores parecerían emerger del desorden, la asimetría, las fluctuaciones y los desequilibrios.

Afirman que la dirección del tiempo es absoluta pero que su velocidad es fluctuante. Aseguran, además, que reina el indeterminismo: “Existen puntos de bifurcación donde el sistema deviene inestable y puede evolucionar hacia otros regímenes de funcionamiento estable.

En tales puntos un mejor conocimiento no nos permitiría deducir lo que acontecerá, ni sustituir las probabilidades por la certeza.” Para estos científicos, la visión probabilística es conocimiento en plenitud.

Quizá lo que esta pareja de investigadores verifica es la imposibilidad de una manifestación absoluta e inmutable que se pueda apreciar desde el estado de observación humano.

Describen LOS CAMINOS DE MÍMIMA ACCIÓN como los pasajes “naturales” hacia otras formas de existencia. Pero se debe recordar que aquello que llamamos desorden, bien puede ser visto, desde otro ángulo, como un orden universal: la libertad.

Otras teorías suponen Variables Ocultas o invisibles las que determinan este comportamiento “aparentemente aleatorio”, habría una causalidad escondida quizá más allá de nuestras coordenadas de espacio –tiempo.

Esta perspectiva apunta hacia un determinismo hasta el momento latente y tal vez accesible, para la ciencia, en el futuro.

Sin embargo las dos teorías que guardan mayor coherencia con este enfoque que hasta ahora venimos presentando y que además no son inconsistentes entre sí son las descritas por K.Wilbert como:

La Hipótesis de los Múltiples Mundos (Everett, Wheeler y Graham)y La Conexión Materia/Mente ( Wigner, Sarfatti, Walker y Muses).

Los universos Paralelos

Los caminos de mínima acción están profundamente relacionados con las posibilidades. Así es como se manifiestan las alternativas ante el ser humano. Las ondas de probabilidad viajan de pasado a futuro y viceversa, indistintamente.

Estas ondas colisionan y van creando el presente en patrones de materia y energía. De esta forma, el individuo, tiene posibilidad de existir ante una gama muy extensa de caminos de mínima acción. Al tomar una decisión, la conducta humana, accede a una de estas vías, pero deja en el pasado otros caminos no menos posibles que el camino elegido.

Allí, en aquellas sendas no elegidas o, más bien, no favorecidas, es en donde proliferan los universos paralelos.

Los universos paralelos de una persona nacen en las otras alternativas de vida, y como estas son infinitas, podría decirse que existe, para cada ser, infinitos universos.

Se comprende, también que en cada aspecto que cambia, el ser, ya no es el mismo; lo que quiere decir que surgen, de la existencia de un ser infinitos seres: lo que es en potencia aquí, lo es en acto allá.

Ahora bien, también el universo visible está cambiando a un ritmo incalculable. Cualquier variación entre los elementos que componen el universo está determinando un universo distinto.

La expansión del universo es un argumento a favor de esa inestabilidad de la materia que necesita del tiempo para expresarse o manifestarse en todas sus posibles formas.

En menos de un segundo se operan en el universo infinitos cambios a nivel sub-atómico, biológico, astronómico, psicológico, etc. Estas “mudanzas” se manifiestan a través del tiempo, pero no es el tiempo el que genera los cambios.

Todos los posibles están intrínsecamente en el ser, en la conciencia y, desfilan lentamente en el proceso temporal de cambio como una forma de recepción retardada; una traducción lenta de una verdad simultánea, multiplicidad espontánea e infinita.

Por eso es que esas variaciones, esos cambios de forma, etc. no pueden representar una evolución de cero a infinito en la conciencia, solamente aluden a distintos aspectos de una auto – contemplación diferente.

Esto quiere decir que tanto los universos paralelos como las realidades del universo que vive cada individuo, están por fuerza, dependiendo de un estado de observación que percibe en tiempo y en espacio realidades fenoménicas distintas pero que, en la verdad, son todas la misma cosa. Se disocian, es verdad, en la contemplación subjetiva. Se separan, es cierto, como consecuencia de la identificación individual.

Pero en la última realidad esos universos paralelos, estas realidades alternativas, esas mutaciones individuales, esta innumerable cantidad de posibles Big Bangs, etc. son aspectos inseparables del ser, porque, el ser, es indivisible.

El hecho de que el universo nunca es el mismo y que cada observador tiene o recibe una expresión diferente de éste, está relacionado a la actividad de un todo inmutable. Los universos paralelos existen al igual que todas las formas de la naturaleza, pero son sólo formas en que se presenta la energía universal y sólo muestran la verdad cuando se viven y se sienten en simultáneo.

La conciencia y la sensación creadora

Esta teoría supone que lo que hace colapsar la función de onda es la misma medición de la partícula.

La observación estaría creando la realidad tal como la observamos. Como expresé anteriormente esta visión puede fusionarse con la anterior, la que incluye los universos paralelos pues cualquier modificación de la conciencia redundaría en el “descubrimiento” de otra realidad.

Sin embargo, no estaríamos hablando de una verdadera creación. Así como Newton no creó la ley de gravedad sino que tan sólo la identificó entre el tumulto de posibles explicaciones del fenómeno.

Como ya hemos visto, el universo, no posee por sí mismo una forma determinada, sino que es el observador quién determina esa forma accediendo a una de las infinitas alternativas de interpretación. Esto concuerda con una cita del escritor y filósofo alemán Schiller:

” El universo es un pensamiento de Dios”.

Los estados alternativos de conciencia constituyen otras formas de “ver”, “nuevos” ángulos desde donde presenciar el Todo; la conciencia que observas no es conciencia porque tu la observes, es conciencia porque ella te observa a ti.

Creo que la conciencia no permanece en el cerebro. Quizá pase levemente y roce sus mecanismos cibernéticos, pero es decididamente de otra naturaleza.

Existe un pensamiento anónimo que reza: ” Si el cerebro humano fuese tan simple que pudiésemos entenderlo, entonces seríamos tan simples que no podríamos entenderlo”.

El cerebro, a mi entender, no podría cuestionarse por sí mismo, esos mecanismos. Además, las experiencias en el umbral de la muerte, indican, en el mayor de los casos, que la conciencia percibe más allá del cerebro estrictamente físico.

Esa entidad única a la que siempre me estoy refiriendo es la CONCIENCIA pura. Sin embargo, es evidente, pese a la incuestionable verdad de la unicidad del Todo, la dicotomía que se manifiesta ante los sentidos. Las dos alternativas que luego se diversifican hasta el infinito. Pero paradójicamente la razón, artífice de la misma noción dualista y universal, no puede admitir la partición del Todo ni la división de lo indiviso.
Referencias

1. Galeano, Eduardo. Entrevistas y artículos (1962/1987)” Ed. Del Chanchito, Mdeo, 1993
2. Pribram Karl H. El paradigma holográfico. Kent Wilber. Kairós. 1992 Argentina.
3. Morin, Edgard. Introducción al pensamiento complejo. Gedisa. Barcelona 1994
4. MacKenna, Terence. El manjar de los Dioses. Paidós Contextos.Barcelona 1993
5. Ferigcla, Joseph María. Plantas, Chamanismo y Estados de Conciencia. Los libros de La liebre de Marzo. 1994.
6. Terence McKenna. El Manjar de los Dioses. Paidos contextos 1993. Página 49
7. Wilber, K; Bohm, D; Pribram, K; Keen, S; Ferguson, M; Capra, F; Weber, R. El paradigma holográfico. Traducción: Vicente Romano. Troqvel 1992

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