Los bebedores

moreno[1]En “La cuerda floja”

Cuentos de Daniel Stack

Los tres forasteros bebían vino en “La cuerda floja” cuando de repente, con gran estrépito, uno de ellos cayó sobre la mesa.

Dos de las tres copas de vidrio se hicieron añicos en el suelo de baldosas húmedas, pegajosas.

La jarra, ya vacía, resbaló hasta el borde y quedó contenida por la barriga del Sapo.

-No tiene pulso –informó el Molleja soltando la muñeca del Juan para ponerla en el mismo sitio donde había quedado al principio -Se murió, el hombre.

Quedaron mudos por un rato, inmóviles mirando el resto de vino tinto que al Juan no había alcanzado a tomar.

-No se murió solo –aseguró de repente el Sapo –Lo mataron. Mirá la espuma que echó por la boca.

Era cierto. En la mesa negra, debajo de su rostro, se podía ver con claridad una baba blanca entremezclada con hilos de vino.

-¡Que venga el mesero! –exigió el Molleja levantando la voz. El sitio estaba vacío de gente.

El mesero se acercó. Era un muchacho oscuro y escurridizo. El Sapo lo acusó sin piedad:

-¡Lo envenenaste al Juan! El hombre negó, meciendo para todos lados las motas de su cabeza.

-¿Cómo?

El moreno volvió a negar, pero no le podía salir palabra

-Bueno, si estás tan seguro que el vino está bien tomate lo que queda en la copa del muerto.

El otro hombre le acercó la copa.

Era un gesto imperativo, no había nada parecido a la cortesía en la actitud de los bebedores.

El mesero lo miró al Molleja.

Descubrió la amenaza en los ojos verdes del extraño.

-¿Y si alguien puso el tóxico después de servido, qué? –atinó a decir -¿Me muero yo, que nada que ver?

-Sólo vos manipulaste la bebida del Juan así que tomate el vino antes que te lo haga tragar a la fuerza –le dijo el Sapo levantando su enorme humanidad de la silla.

El joven tragó saliva y luego, con un rápido movimiento, se empinó el vino que había quedado en la copa del Juan.

Se mantuvo en pié, rígido, como esperando la fulminante acción del veneno.

-¿Cuánto demorará el efecto? –Preguntó el Molleja.

-Diez minutos, reventando –señaló el Sapo fijando su vista en el reloj que llevaba en la muñeca.

El mulato se puso brilloso de miedo. Se horrorizó pensando que los otros iban a matarlo a él porque era el único que había presenciado todo.

El Sapo, todavía en pie, controlaba el tiempo y lo observaba con la curiosidad de un niño.

El Molleja desvió los ojos para el lado donde estaba el cuerpo del Juan, sentado y echado hacia delante. Había quedado con la frente entre las manos, apoyada en la mesa de mármol.

La espalda encorvada y las piernas flojas le daban un aspecto apacible como el de un parroquiano que se hubiera dormido.

-¡Puta! –rugió al cabo de un rato el Sapo –¡El negro no se muere!

El muchacho, que había repasado su penosa vida momento a momento, esbozó una sonrisa de alivio.

También él se veía sorprendido.

-Capaz que se murió de un ataque, no más –razonó en voz alta.

Pero el Molleja ya lo estaba mirando feo al Sapo y el Sapo al Molleja.

-¿Qué te pasa? –Lo desafió el Sapo al Molleja ante la mirada temerosa del mesero.

-A vos, qué te pasa –Retrucó el Molleja haciendo una mueca desagradable.

–¿Qué mirás tanto?

Hubo unas fracciones de segundo en que parecía que todo iba a estallar.

Esos silencios que asustan más que cualquier cosa.

En un santiamén el Sapo sacó un treinta y ocho de la cintura y se lo puso en la cabeza al Molleja

-Si no lo mató él, fuiste vos hijo de puta.

-Dejá de, de… decir pavadas –tartamudeó el otro – mirá que yo voy a, a,…

-Por favor –sacó voz no se sabe de donde el moreno–arreglen esto en otro lado.

-¡Acá nomás! –estalló el grandote –¡Acá nomás voy a matar a esta inmundicia!

-¡Dejá de idioteces, Sapo!

–Lo apremió el Molleja –Vámonos a la mierda antes que vengan los milicos.

Tardarían, pensó el mesero, la policía nunca llegaba a tiempo a estos lugares.

-Sí –sentenció el mozo –esto se va a poner peor.

No del todo convencido el Sapo bajó el arma. Todavía colgaba de su mano derecha cuando le ordenó al mesero:

-Vos, abombao, ayudanos a cargar al muerto en el auto.

El mesero corrió más que de prisa, rodeó el cuerpo y eligió tomarlo desde su axila izquierda, todavía mojada de sudor.

Los otros lo alzaron bestialmente y así, lo arrojaron finalmente en el asiento trasero del antiguo vehículo.

Roncó el viejo motor.

El Chevvete se puso en movimiento.

Una nube de polvo se elevó por el camino que conduce hacia el puente grande.

El negro vio perderse el coche en la última curva y suspiró.
Secó su perlada frente con la remera sencilla y caminó lánguido hacia adentro.

En el interior del auto hacía calor. El sol había calentado la gruesa chapa del coche y los vidrios no bajaban bien.

-Vamos a otro boliche – sugirió el Molleja – ¡A seguir chupando de arriba!

-Puedo…? – interrumpió el “muerto” mirando de reojo desde su lugar.

-Sí, movete tranquilo, ya estamos lejos.

El Juan se enderezó al tiempo que soltaba una risotada estremecedora.

-Casi largo la risa ahí nomás, casi meto la pata… Tuve que morderme la lengua

¿Cuánta plata nos venimos ahorrando con este repertorio?

La pregunta, nunca contestada flotó una rato.

Luego el Juan añadió – Pero en el próximo pueblo el muerto sos vos, Sapo, te sale mejor hacerte el muerto, deforme.

-Preguntale a tu hermana, mamerto – Se defendió el Sapo, rápido como una víbora – ella me conoce cuando me hago el vivo.

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