Isabel ¿Qué pasa?

Isabel ¿Qué pasa?

Miré la cara amarilla de la pobre vieja. No se me olvida el gesto de esa cara: Isabel… ¿Qué pasa? Pétalos blancos entre las canas y los ojos como cerrados desde siempre. Debió consumirla la fiebre, porque estaba seca.

En torno al modesto cajón de pino los presentes hacían rueda. Curiosos, casi todos, de por ahí. Almas que deambulaban por la noche fría y que ahora se entibiaban en la estufa y sorbían el café que ofrecía la muerte.

Yo entré equivocado, porque un apellido de la finada era Pérez y el otro González, y tenía tantos Pérez y González conocidos que pensé: No vaya a ser pariente de alguno de ellos. Pero no era. Después me di cuenta que nada que ver.

La miré un rato con obstinación y me parecieron vulgares y sucios los trapos que la cubrían. No pegaba esa pobreza con la casa. La cara se veía tétrica, descarnada, era una cara repetida, poseída por la muerte, una cara vacía que clamaba: Isabel… ¿Qué pasa?

-Los rostros ancianos –pensé –no tienen nombre. Son todos iguales, se parecen entre sí; pálidos, delgados, de prominentes pómulos. Son rostros viejos donde el hueso florece entre las ruinas de la piel. Personas viejas.

Pero pueden encontrarse diferencias. Por ejemplo la señora ciega. La del tapado de piel. La que tantea el aire con sus guantes blancos, es huesuda y traslúcida también. Pendientes de oro. E s como la otra o más vieja. Pero es la dueña.

Un muchacho servicial y mal vestido se apresura a tomarla del brazo para conducirla hasta el féretro de la sirvienta.

-Ahí está mi tía, señora –le dice -ahí está la finada.

La anciana viva pasó la mano sobre la gastada polera de lana mala que enfundaba el torso de la anciana muerta. Reconoció de inmediato el tejido suelto, el olor rancio de la prenda, las mangas algo cortas, desbocadas, la piel suave y fría de sus manos. Sus manos blancas, cruzadas bajo los senos marchitos, como las de una reina. Sintió extraña la carne deshabitada de la otra, parecía un material sintético, plástico, rugoso. Y entonces, con la cabeza erguida, lloró ¿Cuánto habían vivido juntas –25, 30 años? ¿Cuánto tiempo solas en la casa grande –10, 12, 15 años? Desayunos a tientas, paseos de la mano…

-Me he quedado sola –gimió trémula –me ha dejado en las tinieblas.

-Yo me quedaré a cuidarla –la animó el joven deudo –no se preocupe Ud. de eso. Yo haré el trabajo de mi tía. ¡Por Dios!, Permítamelo.

La anciana lo escuchó con lástima.

“-Es joven y pobre. Estará, seguramente, lleno de ambiciones –pensó la mujer”.

Y era cierto. Era cosa de familia, eso de las ambiciones ¡Isabel había sido tan pobre! Siempre al servicio, siempre a la orden ¡Cómo se incendiaban sus ojos cuando traía la pensión de su señora ciega!

-Pobre vieja –dijo un borracho recostado a la pared –ni pa zapatos tenía.

Yo me engullí otro café caliente contagiado por el frío de aquellos pies descalzos, blancos, veteranos, augustos, quietos para siempre.

-¿Qué hacía esta desdichada? –preguntó un hombretón gordo y melancólico, con la voz cansada.

-Me cuidaba –comentó la ciega entre sollozos.

-¿Y a ella? ¿Quién la cuidaba a ella? –Hubo un rato de silencio.

-Era sana la tía y de repente…-Dijo el chico entre un murmullo.

-No parece – Dijo el hombre -no parece… -Estaba seca.

A pocos metros del cadáver había una cómoda con ropa y algunas cosas de poco valor. Era todo lo que tenía Isabel Pérez. Sus pocas pertenencias.

-Dame algo de ella para recordarla –le pidió la dama al chico -fue mis ojos por más de veinte años.

El joven abrió el cajón de arriba y sacó unos anteojos sin estuche, con armazón barato.

-Tenga –dijo -quédese con ellos.

La ciega los tomó pensativa. Eran lentes recetadas para la presbicia. Lentes de persona vieja.

-¿No tiene Ud. familia? –le pregunté a la anciana rica antes de irme. Negó con la cabeza. La vi alejarse hacia otro cuarto por una gruesa puerta con la ayuda del muchacho.

Miré una vez más las manos débiles de la mujer muerta. Su largo cuerpo enjuto, sus pies helados, tullidos. Tenía los ojos como cerrados desde siempre y un gesto de miedo o de súplica: Isabel… ¿Qué pasa?

Y me fui angustiado, con un nudo en el alma, imaginando su agonía de doce días sin agua, su sed descontrolada y una sensación extraña: el hambre.

Algo fue más persistente que su horrible muerte. Una sencilla pregunta que impregnó la sala: Isabel…¿Qué pasa? Porque Isabel Pérez, la mujer que la cuidaba, la había encerrado, la había dejado morir y lejos de estar muerta empezaba una vida nueva, sin miseria, con el nombre de su señora muerta.

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