Transposición y fusión de eventos


Durante mis andanzas no solo he vivido muchos episodios curiosos sino que además,  las personas que he conocido al pasar, me han contado escenas tan interesantes y con tanto detalle que las he incorporado en mi memoria, las he revivido y ahora hasta no puedo distinguir entre una historia ajena o una propia.

Pienso, incluso, que es mejor así, ya que la mayoría de los verdaderos protagonistas de muchas de estos cuentos ya no pueden contarlos, se han dormido ellos mismos en el lecho de lo que pudo haber sido, en el mito, están formando parte del olvido y apenas asoman en la leve estela de lo que dicen por ahí que ellos dejaron, sus aportes al mundo, todo lo cual viene finalmente de otra parte.

Dejemos entonces las cosas así, como mejor nos venga. Todo lo que cuente en adelante diremos que me ocurrió a mí o se me ocurrió a mí. De esta forma nadie más se sienta tocado, vulnerado, mal interpretado al leer mis historias reales. Son recuerdos de recuerdos, sensaciones de sensaciones, como una onda propagada anónima y colectivamente, una obra en proceso que, para aparecer, necesita la firma de un escriba, un pensante, transformante, un creador de lo increado que, para el caso éste en particular, era yo. Tal es mi situación, mi fuente de inspiración, los años en que me decidí a satisfacer mi curiosidad por sobre todas las cosas.

Yo era entonces un argentino con suerte y muchas ganas de vivir, pero por fortuna, mi pasión no era la importación directa, ni los 3 locales sobre Rivadavia, ni nada aquello que, sin embargo, me daba de comer. Mi pasión era, ya desde la infancia, el tremendo deseo de saber más sobre esas cosas que a veces solo nos rozan y después se desvanecen en  la nada. Esas preguntas inconclusas, esas sombras mentales que circulan como fantasmas por la casa del pensador.

A los 25 años mi cámara de fotos había captado un fragmento del miedo. Eran los restos de un edifico maltratado por el terremoto del 2010, en Chile. Entre el amasijo de escombros resaltaban las cañerías salmones del cableado eléctrico truncado por la violencia de un grado 7. La imagen salió hasta por la TV. Casi todos veían ahí lo terrible que puede ser la naturaleza enloquecida. Mi mente, en cambio, se placía en preguntas más alejadas siguiendo un rumbo diferente al ordinario:

¿Quién habrá moldeado con calor, y quemando sus dedos, esos tubos de PVC que ahora lucen tan tristemente mutilados? Quise saberlo, persistí por 2 años tras la pista y lo hallé. Hacerlo fue un mandato extraño que desde entonces comanda mi existencia. Algo me decía que la evolución, aunque aparente, se percibe como un movimiento en la conciencia y que los huecos que dejan las preguntas que se pueden responder son los más perjudiciales.

Satisfacer la curiosidad no es algo tan liviano como el chisme u otras deformidades nacidas del ocio. Satisfacer la curiosidad tiene que ver con la exploración del hombre un poco más allá del nido. Es la esencia misma del reencuentro con el Ser que de verdad somos.

A los 27 años me tomaba una copa de delicioso Vadivieso con el personaje que yo había querido entrevistar: El que trabajara en esos plásticos retorcidos antes de que se hicieran objeto de la demolición del destino.

¿Alguien lo habría pensado?

Pero… ¿Cuál es la relación entre el hecho y la reflexión que surge?

Un siniestro rompe algo que unas manos humanas se esforzaron en hacer y la portada de un diario, el programa de TV, la noticia visual, muestra, en la cruel violación del esfuerzo humano, la magnitud del movimiento telúrico.

¿Era solo una coincidencia? Mi fotografía más famosa, para muchos la mejor foto representativa del desplome de nuestra realidad, mostraba  precisamente la ruptura de esa armonía urbanizadora que construyó el espíritu humano y lucha por permanecer.

Yo quería hablar con este ayudante de electricista, peón de obra, un número más entre la gente, y decirle:

¿Qué sientes al ver esta imagen?

Si bien la pregunta no nació en mí al tomar la fotografía sino luego, me pareció vital darle respuesta. La inquietud creció tras la revisión y ampliación de la imagen, al pasar por los detalles de los daños ocasionados por el temblor de tierra en ese asilo de ancianos, la pregunta respecto a este obrero, el que se había esmerado en que los tubos que llevaban la corriente doblaran aquí o allá, se convirtió en la protagonista de mi tiempo.

¿Qué había pensado el hombre que manufacturó el tendido eléctrico de ese gran geriátrico destruido al ver, aquellas instalaciones en las que trabajó, brutalmente asesinadas por el terremoto?

Previo al vino espumante, champagne, diría yo, años antes, me dediqué, con pertinaz insistencia, a saber todo lo posible respecto al paradero de este personaje y acercarme a él para conocer más de las secuelas poco exploradas, pero existentes, tras la acción de estas calamidades naturales en la psicología de los protagonistas.

Es cierto que también podía haber preguntado por los albañiles, por los carpinteros, por el sereno, por los mismos ancianos que murieron en el 2010, durante el terremoto, en fin…pero cabe recordar que mi imaginación resulta ser muy caprichosa y mi interés tuvo que tener un lugar por donde empezar.

Así dio comienzo entonces, mi investigación. Fue muy difícil, al principio,  debido a la pobreza de datos. Llegué inclusive a la descabellada idea de que ese edificio siempre había existido, no tenía un origen, que el trabajador era el sueño de alguien que no vivía en un edificio ni nunca lo haría, que la foto era trucada, que yo mismo era trucho, falso, imitación de un modelo de personalidad de otro época.

El edifico se llamaba San Luis y había sido construido en el año 2000 con el mismo propósito que se estaba utilizando: Clínica y geriátrico privado con capacidad para 200 abuelos que casi nunca veían a sus nietos.

Entonces ocurrió que un año antes de lo de las torres gemelas, a 10 años del terremoto y a 12 años de reconocerme a mí, el joven que estuvo trabajando en el San Luis con el tendido eléctrico, el argentino éste se da cuenta por fin que soy yo su recuerdo o él mismo una invención mía, pero no le importa demasiado porque de todas formas me dice:

–      Este edifico es un asilo, el San Luis ¿Lo recuerdas? No mucho, claro, estaba en construcción cuando trabajaste ahí. Cada mañana iban los trabajadores mientras el contratista afinaba detalles con el ingeniero.

Sí, duró un par de meses, lo recordaba muy bien. Yo, como el argentino, estaba hecho para otras cosas, pero me daba maña en todo, fue algo ocasional; enchufes, llaves interruptoras, calentar tubos de PVC en anafres para torcerlos, limpiar embutidos taponados con cemento, taladro, destornillador y alicates, peligros, madrugadas y embotellamientos, sí, 10 malditas horas por día.

Ahora el otro yo, el investigador disfrazado de porteño, me pregunta respecto a lo que yo sentía o estaba sintiendo ante la foto del destrozo.

El argentino conocía los detalles. Al pensarlo me pensaba a mí mismo y la reflexión me retraía otra vez hacia el discurso de mi propio quehacer mental. Finalmente suspiro. Me noto cansado, lo miro desde el otro lado del cerebro.

–      Quizá sienta que compruebo lo que ya sabía, todo ese esfuerzo no nos pertenece, uno al final, después de estas lecciones, tiende a pensar que nosotros tampoco nos pertenecemos.

Pero usted que es un hombre capaz de cruzar el planeta para sacarse una duda y ya que ha llegado hasta acá, si me lo permite, le daré un material que, si le interesa, puede ser que sea más impactante que mis tubos naranjas saliendo como tripas del edifico masacrado…

–      Dígame, por favor –Insistió el de Buenos Aires.

Entonces le pasé otra fotografía. Era una imagen ampliada de una camioneta blanca que circulaba junto a otros vehículos una mañana soleada en Sumatra del 2004.

El mar estaba al fondo pero…no estaba quieto. Una gigantesca ola caía dramáticamente encima de la ciudad, de una costa llena de vida.

–      ¿Qué es? – Me pregunté desde el otro. Atento a todo y con cierto fastidio, el que manejaba la camioneta, pareció escucharlo.

–      ¿Has pensado qué habrá sido de las personas que iban dentro de esta camioneta?

Los ojos del porteño se iluminaron. De inmediato comprendí que respondía a la misma curiosidad que me empujaba a mí. Que lo que a mí me interesaba también a él lo enardecía. Supe entonces cuál sería su próxima tarea, su nueva tentativa, mi inminente entrevista.

-¿Ibas en esa camioneta?

Lo miré con una paciencia desmedida.

-Sí, me ahogué en esa camioneta.

Acerca de INTEGRACIONISMO

Trabajo en mi pasión, la búsqueda de soluciones y de respuestas. Cuando estas preocupaciones son profundas. Las llamamos metafísica. Cuando hay que inventar una solución práctica, me gusta la ciencia
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