Viejo Dios


Aquel viejo Dios

No hay un “para qué”…

Parece mentira que aun sobreviva una proporción tan grande de gente confinada al modelo de la antigua creencia en el Señor. Un concepto obsoleto, que ya no explica la realidad, que ya no alcanza y se desmorona por dentro y por fuera.

Por dentro, porque internamente sabemos que esa teología manoseada por los poderes y estacionada en la ignorancia científica del mundo, aquel “viejo Dios”, no termina de llenarnos ni nunca lo hará.

Porque ese terreno que antes pareció firme se ha convertido en un archipiélago de dudas e imprecisiones, en una multitud de lagos e islas dispersas, en un torpe intento de entender el caos que se recrea ante nuestra mente, entre datos parciales, vacíos y datos algo más enteros, en realidad un escenario en función al poder de esa mente lectora.

Yendo por la vida actual, y en estas pausas que el destino a veces otorga a la cotidianeidad, se habrá preguntado usted por qué Dios no se tomó un poco más de tiempo que una semana al hacer el mundo, por qué lo hizo con tanta prisa, dejándolo lleno de imperfecciones.

¿Por qué Dios permite tremendas injusticias? ¿Por qué Dios no destruye a los poderosos que nos asfixian? ¿Por qué Dios se queda impávido ante los niños que se mueren de hambre? ¿Por qué calla ante los asesinatos más infames? ¿Por qué a Dios se le fue de las manos su propia creación?

Los baches que dejaría, paradójicamente, un Ser Perfecto, en la extensión de su obra, no son otra cosa sino reflejo de imperfecciones en su propio seno…pero no son acaso estas mismas fallas las que permiten la experiencia de lo ilógico, de lo imposible, LA PASIÓN DE LA VIDA, como lo es la existencia de las cosas, de los sujetos, como si fueran pedazos autónomos e independientes entre sí, distribuidos en un marco temporal y espacial, siempre que haya un aparato lector haciendo posible tal universo.

¿Cómo es posible la imperfección, el error, la incertidumbre, el dolor, la muerte…emanándose de la fuente divina?

La mente, adiestrada en el mito bíblico nos trae a la memoria el cuento del Génesis, un fundamento teológico anterior al judaísmo, transmitido por los sumerios, y que está presente en todas las religiones oficiales en actividad.

El génesis consta de dos narraciones que hablan de la creación divina. Una más genérica, donde el creador va trayendo a la realidad todo el entorno natural para finalmente crear al ser humano como gobernante del resto de la obra y una más particular y antropomórfica, donde se cuenta sobre el Edén y el pecado original que arroja a Adán y Eva fuera del paraíso.

Curiosamente, la fecha que las escrituras atribuyen al momento de la creación del mundo, circunda un día hace unos 10 000 años, justo cuando empezaron a aparecer los primeros asentamientos agrícolas, durante el Neolítico.

A la fecha que el Génesis indica como el principio de los tiempos se ha llegado haciendo cuentas con las edades de los patriarcas antidiluvianos.

Vemos que el momento de la “creación” coincide con las primeras manifestaciones de la conciencia humana, los primeros asentamientos humanos del planeta, el nacimiento de la cultura como tal y los inicios de la religión.

Esto puede acercarnos a una loca idea que, como todo lo que parece excéntrico, termina por ser lo más sensato: No es una clara indicación de que la creación del mundo implica una estado de conciencia dado en el observador.

Sabemos que los sueños y las visiones inducidas o accidentales tienen una consistencia muy real, una similitud indiscutible con la experiencia ordinaria, porque básicamente la realidad es exactamente una visión, una interpretación donde participan activamente todos los protagonistas del acto “creativo”, cognitivo, aunque implícito, es como el lente que proyecta lo que está estampado en él.

Podrá haber infinitos estados de conciencia auto- observando un Ser único multiplicado en sus interpretaciones que se diversifican en tanto disponen de mayor o menor información.

Llegó el momento de ejercitar esta lógica también implícita en la capacidad de vínculo del ser con el ser, en la naturaleza única y última de todo lo que hay o posibilitamos que aparezca sin que lo haya, en verdad.

Los juegos interminables, los creadores del marco referencial o tejido espaciotemporal, están impresos más allá del tiempo y por dentro, o por fuera, de la noción espacial.

Decimos así mismo que en el afuera, hay también una crisis moral y una pérdida del humanismo, porque simplemente percibimos la erosión de lo que “malamente” llamamos el “adentro”. En el SER no habría, sin embargo, esta ambigüedad de lo exterior y lo interior, y la manifestación sería lo que es, sin necesidad de una finalidad, porque lo es en sí, sin un para qué. Así es la vida.

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Acerca de INTEGRACIONISMO

Trabajo en mi pasión, la búsqueda de soluciones y de respuestas. Cuando estas preocupaciones son profundas. Las llamamos metafísica. Cuando hay que inventar una solución práctica, me gusta la ciencia
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2 respuestas a Viejo Dios

  1. gissel dijo:

    “ejercitar la capacidad del vínculo del ser con el ser”………………todos en menor o mayor medida actuamos en nuestro entorno, dejamos nuestra huella……….algunos haciendo más marketing de sus actividades y otros de forma más reservada.
    Cada uno a su modo interviene luego de una previa observación de campo y en función de las ideas que lleve impresas, en determinada situación o situaciones.
    Actuaciones….exteriorizaciones………………….falta “el adentro”….volver a los espacios para descubrir y redescubrir “nuestro interior”…”el adentro”…

    • danielstack dijo:

      Gracias Gisel por estar siempre atenta a lo más importante: La evolución de la conciencia desprovista ya del concepto de naturaleza humana, no hay ya naturaleza humana porque el hombre proviene de una naturaleza divina

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