Deseos y deseos


sensualidad

Reordenamiento de los deseos

La búsqueda de la felicidad implica el conocimiento de la tristeza así como la satisfacción del logro necesita de la difícil tarea como precedente al mismo. Al llegar a la cima decimos: “¡Qué bien, parecía imposible pero, aquí estamos!”. Pero no siempre es fácil conquistar la cumbre.

No siempre es cuestión de llegar a los objetivos; hay, primero, un trabajo de selección de estos, la que debe ser analítica y minuciosa, porque no podemos permitirnos trabajar meses o años por algo que no era, en realidad, lo que queríamos.

Me interesa dejar claro desde el principio que vislumbrar una meta es ya un motivo de felicidad y no hay persona más infeliz que el que no sabe dónde ir ni qué hacer. Atrás de éstos siguen los “perezosos” o “incapaces”, que no importa si eligen bien o mal sus objetivos, porque nunca lo intentan de verdad por lo que jamás supieron ni sabrán si valía o no la pena.

Desde una perspectiva causal vemos que los deseos no están solos, no nacen de la nada, espontáneamente sino que, como fenómeno sujeto al tiempo, tiene una “historia”, una sujeción que puede estar discernida o no en la persona que desea.

En este sentido podemos decir que el deseo puede tener origen en un terreno subconsciente o aparecer a “simple vista” como los deseos de causa evidente como “querer salir del sol un día de verano y sin sombrero” o desear abrigarse cuando se siente frío, comer cuando se siente el hambre y el deseo de llorar embargando el alma tras un desilusión de amor o en la sensación de abandono.

Pueden dividirse hasta aquí, para su análisis, dos familias de deseos:


Los deseos de origen evidente
Los deseos de origen subconsciente

Los deseos de tipo biológicos son imperativos “grabados” en el ser viviente y fueron tan fundamentales e insustituibles que se entendieron, durante millones de años, como las bases de la vida, de la sobrevivencia, de la misión vital de las especies.

¿Qué podía ser más fuerte que asegurar la continuidad de los caracteres de cada “tipo genético”?

En un principio, me refiero a las etapas primitivas de la evolución de las especies, la consigna era la supervivencia mediante la nutrición, defensa, logro de apareamiento, reproducción y la lucha por los territorios o alimentos.

Estas urgencias de la especie parecían ser absolutas: siempre la nutrición, la reproducción y “quedar vivos por cualquier medio” serían la receta obligada.

Hasta aquí los deseos eran deseos de la vida y, como en un hormiguero, el espíritu colectivo de las hormigas razonaba sólo en una dirección: respondiendo a los instintos básicos.

La cuestión aquí es que el instinto, que caracteriza nuestra “parte animal”, puede tener los mismos objetivos que la parte racional humana, pero discrepar respecto a una orden del ser pensante. He ideado un ejemplo para que no queden dudas al respecto:

El experimento de un torturador muestra la lucha de un hombre, cuya muñeca apresada a un mecanismo que al moverla explota, ha sido expuesto a la llama de una vela. La lengua de fuego alcanza precisamente la mano que no debe moverse y el torturado lo sabe.

El debate se entabla en un plano regido por el dolor y la conciencia del peligro.

El instinto se parte en dos, el deseo de evitar un dolor agudo y el deseo racional de evitar la muerte. Algo similar vemos en las películas cuando el desvalido pequeño, que se esconde del despiadado asesino, se muerde el labio para no gritar y ser así descubierto por el depredador que seguro lo matará.

Los intereses básicos de la vida vienen representados por los instintos: Correr si nos viene persiguiendo un perro y escabullirnos si nos acosa un asaltante; mientras que los intereses del ser racional entran en conflicto muchas veces con los primeros.

No es que rivalicen solamente, es que uno de los intereses de la racionalidad es, justamente, moderar los mecanismos del “animal” que sobrevive en el hombre como residuo del ayer.

Algo similar a este desajuste entre el hoy y los imperativos del ayer, sustentados actualmente en una especie de “derecho de antigüedad”, son: La persistencia en los mitos, en religiones ya caducas y en constituciones “del tiempo de nuestros bisabuelos”.

Todo aquel deseo o instinto, búsqueda del alivio, como acertó a llamarlo Freud, fue en su momento una brújula preciada, la guía que nos trajo hasta la racionalidad, la reflexión, la investigación trascendente. Pero operando, esta última (Cuando se ha elegido la razón como comandante, la anterior (La mecánica instintiva) es un retraso y un obstáculo continuo que pone a riesgo el logro de las metas conscientemente admitidas desde el desapasionamiento.

Hay un mejor ejemplo en la discrepancia que pueda surgir entre los comportamientos del cuerpo y los de la mente reflexiva:

Cuando existe una infección el cuerpo reacciona levantando la temperatura para matar el agente extraño, eso daba resultado en los individuos fuertes capaces de soportar días de “fiebre alta” mientras que hoy, que se dispone de la penicilina, la fiebre es vista como uno de los síntomas que deben controlarse, porque deshidrata al paciente, daña sus órganos y puede ocasionar el coma e incluso la muerte.

Vemos entonces que la naturaleza tiende a dejar “restos del almuerzo anterior” en materia de reacciones individuales o grupales ante un estímulo como lo es la conquista de un lugar en la escala social.

También sucede esto con los paradigmas filosóficos o científicos de todos los tiempos. La gente entiende más la Biblia que al Big Bang o la “selección natural de las especies”; por eso, Newton, es más popular que la Relatividad. Pero se sabe que los modelos anteriores, por más que sean comprensibles para los” rebuznantes” amigos de lo fácil, están errados en un grado mayor que los recientes.

Sigue existiendo una gama de absurdas “ideas pasadas de moda” liderando el espíritu de una posmodernidad enferma, apunada de nociones ya obsoletas como el tiempo o el espacio absoluto, concepciones creacionistas que sugieren la existencia de seres antes y después de “la creación”.

Son los seres evolucionados de la propia especie los que deberán desoír la voz fácil de lo colectivo “por costumbre”, de lo cotidiano por “más vale diablo conocido que ángel por conocer”. Porque las “buenas costumbres adiestradas y tímidas” que enseñaban hasta hace poco son freno para la mente que va más allá del rebaño.

Cierta vez, era mediodía en pleno febrero, bajo un sol inclemente, me encontré de pié, en un cruce de calles desiertas e infernales. El semáforo estaba en rojo y mis sentidos me mostraban la ausencia de todo ser humano y el dañino fuego quemándome: Ni autos, ni motos, ni bicicletas, ni personas, nada, al otro lado había una sombra benevolente ofrecida por la presencia de un morero gigante.

La ley inflexible, general, añosa, frente a la actualidad exótica de la situación, ahí es donde no decide el Estado sino que lo decide el que está viviéndolo de cuerpo presente.

¿Qué hacer ante esta esquizoide realidad del ser humano?

Sin duda será del pensamiento reflexivo de donde vendrá la mejor opción a la hora de obedecer deseos.

Cuando hay deseos confrontados y órdenes contradictorias es cuando conviene un plan de estímulo. En realidad es una estrategia para dejar fuera de combate a un rival difícil. La razón presenta un desafío que puede llegar a ganarle “el pulso” a la fuerza irreflexiva y categórica del colectivo por más disfraz de “deseos propios” que éste tenga.

Confrontar deseos y saber si unos están alineados con los otros así como identificar los de mayor alcance y repercusión, los que excluyen a los otros o por el contrario los que integran, forma parte de este ordenamiento de nuestros deseos.

Hasta aquí hemos visto que los deseos que se derivan de una fuente inconsciente pueden llegar a ser vistos como ajenos, como deseos de la raza pero que pueden interferir con nuestros propósitos últimos.

Extrapolando esta tensión entre lo deseado por razón o conciencia y lo deseado sin consulta, por instinto o costumbre, se encuentra la posición del sacerdote comprometido en sus votos de castidad. Su razón, vocación y misión solventan una cruda lucha interna con sus deseos sexuales, un imperativo del mandato reproductor del reino animal.

Otra cuestión insoslayable es la revisión concienzuda de la verdadera fuente de los deseos que uno cree propios.

Uno puede estar deseando cosas que no desea de verdad
, cosas fijadas por la publicidad o por la tradición, uno puede saber lo que desea de verdad tan sólo cuando está medianamente libre de la influencia avasalladora de la época.

Dentro de este bloque los “deseos ajenos” pueden explicarse como un fenómeno de repercusión de ansias de muchas personas, deseos que dejan clara evidencia de la verdad jungiana: se palpa un gigantesco inconsciente colectivo. Pertenecen a este océano también el “manipuleo de la masa” que la nomenclatura marxista llamó alienación.

Pero la alienación es, además un efecto colateral de nuestra cultura, una herramienta generadora de anticultura, porque es un orden anclado en las “visiones morales antediluvianas” que ha absorbido, eso sí, la enloquecida avaricia del sistema burgués y oprime desde una aristocracia hipócrita disfrazada de democracia mediante una sensación de libertad.

El estímulo entonces tiende a ser genuino cuando opera en el mundo dinámico de la pregunta y la respuesta individual pero desde una fuente que no tiene dueño. Se define más el objetivo final al tiempo que se marcan los retos intermedios, objetivos a corto y mediano plazo.

Decidido a tener mayor participación en la conducta y deseos propios así como en la satisfacción de los mismos, vale la pena probar el reto de intentar ser capaces de elegir nuestros propios objetivos en función de nuestros propios deseos, claro que al decir propios, me refiero a deseos conscientes y admitidos, aunque su fuente será siempre el insondable Uno, que está más allá del número y la operaciones aritméticas.

Acerca de INTEGRACIONISMO

Trabajo en mi pasión, la búsqueda de soluciones y de respuestas. Cuando estas preocupaciones son profundas. Las llamamos metafísica. Cuando hay que inventar una solución práctica, me gusta la ciencia
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