Capítulo VI Plazoleta


Los bochornos del Dr. Arévalo

-Sr. Director, la situación entre los alumnos mencionados y el licenciado Lerena se hace ya inconciliable –Indicó el Dr. Arévalo.
-¿A qué se refiere? –Lo interrumpió el director con malignidad.

Usaba ese método para intimidar a sus interlocutores. El otro se sintió inseguro, dubitativo, indeciso sobre todo respecto al uso apropiado o no de la palabra “inconciliable”.

Tal vez debió haber usado el término “insostenible” para evitar confusión. El jarabe le hacía perder el control de la lengua.

-Me refiero a que el profesor Lerena no los quiere en su clase porque se duermen. Dice que van a pernoctar a su aula, que sus ronquidos son apocalípticos y que no hay noche que no lo hagan.

-¿Quiénes, los “Reproductores”? –Lo arremetió sin titubeos el jerarca. Era la segunda vez en el día que el Dr. Arévalo se sonrojaba ante la mera mención de este “grupito de sementales”. Asimismo, le parecía inconcebible que el propio rector del CIP estuviera tan interiorizado con los pormenores de estas vergonzosas indignidades. Esto ya parecía un conventillo, un peladero, la plebe misma, una diarrea en expansión.

-Sí, los hermanos Hillen y su líder, el Sr. Vergara, parecen estar de acuerdo en este aspecto con la jerarquía del CIP y… -el hombrecillo bajó la voz acercándose al oído del director –que no se sepa esto, al menos tres profesores concordamos:

Hay que trasladar a Manuel Lerena a la Zona B, en el Planetario y dejar a los muchachos en manos del ilustre Monseñor Boriann.

-¿Lerena pidió el traslado?

-No, exactamente, pero muchos lo escucharon decir que si no se iban los Reprod…los reprobados –salvó milagrosamente la situación el Dr. Arévalo, que se negaba a utilizar el apodo del clan –se iría él mismo. De momento sigue en el Cajón, aunque por voluntad propia, una especie de huelga.

-¿Qué dicen los Reproductores? –insistió el director indolente, punzante, demoníaco.

-Parecen ansiosos por firmar. Odian las clases del licenciado.

-El pelotudo va a terminar en el Pozo –cuchicheó el mandamás en tono confidente –se está haciendo demasiado el vivo el Lerenita este.

-No es que Vergara me caiga en gracia, menos aun los Hillen. Pero estos tres desgraciados cuentan con el apoyo de la opinión pública y se tienen bronca con el licenciado. Esa antipatía hay que mantenerla viva a toda costa.

-¿Por qué causa? –la voz del rector volvió a sonar como la voz del rector. Esto quiere decir que recobró su petulancia habitual.

-Alegan que no pueden evitar dormirse en sus clases. Lógicamente esto significó un insulto para el docente, pero no llegó a la magnitud comprendida en la Tabla de Hosse por lo que los jóvenes no fueron penados. La ofensa fue del tipo agresión muda, pedantería que abunda en ciertos ambientes tóxicos del instituto, por lo que Lerena sospechó, desde el primer momento, que había algún colega involucrado en la conspiración. La imposibilidad de castigar o sancionar a los estudiantes por sus desacatos sacó a Lerena fuera de sí.

-Salió al pasillo como loco –contaba el afeminado Sifilósofo -golpeó ferozmente a los “Huevos” Hillen que aterrorizados chillaban como dos mujercitas y se apiñaban uno encima de otro. Hasta la memoria se retrae de dolor al recordar aquellas patadas que recibieron los “Huevos”.

-Es que los “Huevitos Caídos” son delicados –Se burlaba la astuta Zaica de los pobres damnificados. El iracundo profesor no sólo atacó a los “Cojones”, acometió luego contra el enigmático Dr. Genhúmano que estaba haciendo sonar la alarma en ese mismo momento.
-Pulsó el botón y recibió un golpe en el rostro que le hizo volar sus infaltables gafas –explicó el alcahuete, excitadísimo. Nadie sabe bien cómo volvieron a pegarse a sus ojos.

Lerena fue penado a permanecer en el Cajón de Lalo por tres días de tiempo imaginario. El licenciado apeló pero el jurado confirmó la sentencia; por lo que, en represalia, el profesor se obstinó en no salir del Cajón aun luego de haber purgado la sentencia impuesta por el Gran Tribunal de Plazoleta.

-¿Por qué está tan locuaz, profesor? ¿Se está medicando todavía con esa solución serotonínica? -¿Qué estaba pasando con los profesores? Se preguntó por enésima vez en el día el Sr. Director ¿Por qué el reconocido Lerena, presidente de la benéfica Sociedad de Leopardos, graduado en Adelaida y licenciado en “las cuatro ciencias mayores” comenzaba a ser rechazado por sus coetáneos?

Tal vez ese repudio generalizado a las agresiones físicas y el temor hacia las heridas, hemorragias y, sobre todo, a los posible contagios virales, son los responsables de la presente desmitificación que está sufriendo la imagen de Manuel Lerena.

“La sangre humana es hoy sinónimo de transmisión viral y espanto, entre la gente, en una proporción mayor al 90%” -había leído yo en un largo informe de la Sección de Estadísticas mientras investigaba. Si embargo, los cirujanos, policías, carniceros, etc. carecían de esta aversión que, el mismo Genhúmano, catalogó como hemofobia persistente y maligna. Pero eso no era un factor al azar o librado a la bruta voluntad de la naturaleza, la cura se debía a una intervención impresionante de la medicina tradicional china en occidente: la acupuntura facial.

“A los 15 años de edad los futuros cirujanos o asesinos se someten al tratamiento antihemofóbico. Sólo los que han sido curados por el Toque de las Agujas pueden operar, matar o herir a un semejante con bisturí, tijeras, cuchillos, puntas, machetes, espadas o cualquier otra arma o ejecución que conlleve a una profusa emanación de sangre” –esta declaración amparaba legalmente el quehacer de los verdugos, médicos, científicos y hasta algún lunático picado por el virus de la licantropía.
El licenciado, una sorprendente revelación pugilística, arrasaba en los pasillos del CiP. Contaminado quizá por las historias de Tyson se dedicó a masticar la oreja de su colega Genhúmano en las fronteras del canibalismo.

Se hizo obvio que el licenciado estaba inmune a la hemofobia, podía matar sin impedimento. Afortunadamente llegó el “Peti” Vergara alertado por los aullidos de sus secuaces y controló la situación.

-Lerena lo atacó furioso, le dio de puño cerrado, pero el Peti estaba de coca (nos informó el Rubio después del disturbio) -se había comido, además, tres súper- maníes y cuatro kilos de levadura de cerveza.

Lerena perdió la riña aunque la revancha quedó pendiente. Aseguran que su popularidad decayó entre su propio grupo pero no es verdad. De lo que sí estamos seguros es que los Huevos no volverán a bostezar en la clase por un buen tiempo.

-¿Realmente los arrullaba a los Reproductores la voz de Lerena? –dijo el director con sarcasmo.

-Honestamente, creo que lo hacen adrede, dicen caer en ese “incontenible sopor”, como lo llaman; les viene el mareo precisamente en las lecciones del licenciado. No veo que sus clases sean tan aburridas.

-¿Consideraron la posibilidad de agotamiento sexual? –El director dijo estas palabras en forma estrictamente profesional y, pese a todo, el Dr. Arévalo acusó un vertiginoso mareo y la sangre se le subió hasta las orejas. Sonaron tres campanadas salvadoras, ya era hora de su entrevista con la Dra. Gaaraf. Se despidió con un gesto y una vez en el pasillo, buscó el acceso secreto en su reloj de arena. Poco después, el moralista Arévalo, tocaba la puerta del consultorio.

Acerca de INTEGRACIONISMO

Trabajo en mi pasión, la búsqueda de soluciones y de respuestas. Cuando estas preocupaciones son profundas. Las llamamos metafísica. Cuando hay que inventar una solución práctica, me gusta la ciencia
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